Microrrelato: Labor de madre.
Fecha Wednesday, 18 September a las 18:54:45
Tema Terror y Microrelatos


En medio de la batalla nocturna y para comprobar la resistencia adquirida tras varias noches de esforzado entreno al alcohol, se reclinó. Mesó distraídamente sus cabellos y entornó los ojos buscando un paisaje lejano que le reportase la paz y tranquilidad que ansiaba. Paz que aún no había llegado pero notaba próxima, como cada noche.

Soñó, o tal vez sólo recordó, paisajes castellanos. Pinares, lugares desiertos de la mano del hombre y repletos a la vez de un salvaje influjo animal. Olor a musgo, rama, corteza, tierra mojada. Se sintió ave en medio de la tierra de pinares. Abrió de nuevo los ojos y sonrió. La anterior visión le había conferido un aire a la vez majestuoso e indiferente. Callado como estaba, sin duda por los efectos de la ingesta, pidió una copa más no sin antes repetir mentalmente frase y entonación. Se sentía a la vez complacido e incómodo. "Por favor, ¿me pones?...sí otro. Gracias." Imbéciles, pensaba para sí. No se dan cuenta de que lo único que hacen es trasponer un hogar a un lugar desconocido. Da igual en qué bar te encuentres, todos te traen las mismas sensaciones.

Estaba claro que en su cabeza no existía ninguna duda al respecto. El hombre es un animal de costumbres y a la vez hace de cualquier bar su hogar. "Es una tontería hacer de esto mi casa, ni en casa me siento como en casa", farfulló esto a la vez que uno de sus compañeros de degustación se empeñaba en pedir una ronda más. No por el hecho de beber y saciar una sed interior, no. Había llegado el momento de intimar con la camarera.
Ella era menuda, discreta y sonriente. Este tipo de locales agradecen mucho la presencia de alguien así en sus filas. Además, y era palpable en ese preciso instante, la clientela siempre se encuentra cómoda ante una persona "conocida". Eso y el hecho de que casi todas estén cortadas por el mismo patrón favorece que sin darnos cuenta, en toda una noche tengamos la sensación de no habernos movido de un mismo local.

Nuestro amigo se incomodó ante el gesto de su acompañante. Él estaba demasiado preocupado por sus pensamientos y el gesto le había hecho perder la "verticalidad" en su asiento. Descolocado como estaba buscó reincorporarse no sin antes notar un puntiagudo recuerdo de parte de la mesa que compartía con aquellos tres. La verdad es que acababa de conocerlos hacía apenas seis copas, pero los imborrables lazos que el alcohol ata a lo largo de la noche no desaparecen hasta bien entrada la tarde del día siguiente.
El golpe le había hecho darse cuenta de su pierna izquierda. No era tan solo un busto ingiriendo alcohol, no. Era toda una persona de pies a cabeza. Además su condición "humana" se había fortalezido con lo que su pantorrila izquierda albergaba.
Apenas habría notado dolor alguno de no ser porque esa era la misma pierna que años antes costó tanto que cicatrizara. Si cualquiera de los que como él habitaba esa orilla del mar hubiese siquiera soñado con tener un tatuaje en dicha pantorrila, sin duda "ese" sería el tatuaje.

Recorría sus dedos, entrelazándose con ellos y ascendía majestuosamente abriéndose paso entre sus venas un halcón envuelto en llamas. Las llamas rodeaban la pantorrilla y parecían acunar en su vuelo al ave que cetrínamente observaba altanero a quién osase mirarlo. La laboriosidad del animal enmarcado en aquel cuerpo decía mucho de la profesionalidad del tatuador y a la vez imponía un respeto buscado. No hacía falta explicar nada, animal y huesped se completaban uno a otro. Todo buen tatuador sabe que su vástago necesita del huesped apropiado para poder cobrar vida. Ésta vez sin duda el huesped había quedado fortalecido incluso con la unión. Unión que le confería una condición sobrehumana.

¿Serían dignos de contemplar semejante labor sus recién adquiridos amigos? Viajó mentalmente de nuevo y descubrió que quién debía dar su aprobación era no otra que su madre. Ella que nunca supo de él. Fue duro ocultarlo, sobre todo por el miedo al rechazo. La frustración hubiese sido tal, que no existiría consuelo en el mundo. Se remangó ligeramente la pernera del pantalón y comenzó a rascarse. Notaba una pequeña quemazón y en su cabeza imaginaba que el hacón quería salir de él. Abrirse paso. ¿Qué habría pasado si a ella no le hubiese gustado?.
Bueno, bien pensado él ya no era exáctamente hijo suyo. Ahora no. Ahora ya era algo más, un ser más completo. De todas formas... ya no era como ella lo trajo al mundo. De todos modos, si a ella no le hubiese gustado, hubiera sido capaz de arrancarlo de sí. Dejarle volar en busca de un huesped más apropiado. Pero ella, su madre. Ella sabía qué era lo adecuado para él. No, no hubiese dudado. ¿Y estos idiotas? ¡Qué me importa a mi el fichaje de un delantero brasileño! No, ellos no son dignos de compartir mi secreto. Dio otro trago y notó en su interior una paz lárgamente buscada. ¡Qué diablos! ¿Porqué no?

Se incorporó sobre la mesa muy pausadamente, puso su siniestra pierna en alto y levantó del todo la pernera. Apenas podía mantenerla en alto y la colocó sobre la silla. "¡Mirad, qué contenta estaría ella ahora!". Los ojos abiertos de par en par no respondían a la visión del halcón en llamas, si no al charco de sangre bajo la silla, los jirones de piel y el miedo ante esos ojos, fuera de sí.
Ellos no olvidarían tan fácil esa noche.
Él, no lo olvidará jamás.





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