Microrrelato: La Habitación
Fecha Wednesday, 15 May a las 10:11:25
Tema Terror y Microrelatos


Era mediados de Junio, yo había ido a pasar unos dias de pesca a un lago precioso, muy recondito, que había conocido con mi padre en mis dias de niñez. El paraje un cuestión estaba cerca de la cima de una montaña, conocida por los lugareños como ‘Cerro Luciernaga’; nombre debido a que antiguamente era frecuente ver pequeñas luminarias que parecian juguetear en lo alto de la pendiente y para las que nadie tuvo nunca explicación pero si leyenda. No niego que durante esas noches pasé cierto miendo. El difícil acceso a la zona hacía que no hubiese nadie en kilómetros a la redonda, y fueron muchas las fantasías que pasaron por mi cabeza para atormentarme con la única protección que me brindaba mi escuálida tienda de campaña.

Pero afortunadamente los dias habían pasado sin más sobresalto que el que se llevaron muchos peces al tropezar con mi anzuelo. Estos no dudaban en devorar el cebo como si no pudiesen imaginar que aquello fuese otra cosa que suculenta comida, estoy seguro de que ningún pescador había pasado por allí durante mucho tiempo.

Volvía por un asolada y tortuosa carretera, muy orgulloso por mis logros, cuando se me aguó la fiesta. El motor de mi coche se paró de repente en seco, por motivos que mis escasos conocimientos de mecánica no llegaron a discernir. Prácticamente no se podía ver una luz en kilómetros, y la noche caia inexorablemente sobre mi. Estaba ya decidido a pernoctar en el coche cuando creí ver una debil luz como un kilómetro más abajo, junto a la carretera. Cogí lo más necesario y me puse en camino con la esperanza de encontrar algo de hospitalidad.

Cuando por fin llegué al lugar, me encontré con lo que parecía ser una vieja posada, era muy extraño porque no recordaba haber visto algo similar a mi llegada, aunque no le dí más importancia y lo atribuí a mi despiste. Al llamar a la puerta mi asombro aumentó. Me abrió una joven de una belleza poco habitual en la zona – casi totalmente poblada de ancianos – que con un gesto de mano, me invitó a pasar sin mediar palabra. Yo le relaté lo sucedido con la ansiedad del que no ha escuchado una voz humana en dias. Pero mi extrañeza aumentó cuando esta no pareció inmutarse, y de nuevo sin mediar palabra me invitó a seguirla.

Durante el camino supuse que la falta de comunicación no dedía ser un capricho y decidí no inportunarla con preguntas que con toda seguridad no le agradarían. Me llevó hasta la entrada de una habitación que distaba mucho de lo se hubiera podido esperar de la más modesta de las pensiones. Ante mi se encontraba un habitación rectangular, sin una sola ventana y sin un solo objeto o adorno que colgase de sus paredes. Al fondo una humilde cama y en el techo una solitaria bombilla. Hasta el más austero de los guerreros espartanos se hubiese sentido indignado con el servicio, aquel lugar no parecían tener una clientela demasiado fluida, pero yo no tenía donde elegir, y supuse que el precio de la estancia sería igualmente modesto.

La joven se marcho en silencio cerrando la puerta a su paso no sin un fuerte chirrido. Buenas noches!, le dije sin obtener respuesta alguna. Tras ponerme comodo en la cama me dí cuenta de que el interruptor de la bombilla estaba justo al otro lado de la habitación, junto a la puerta. Me levanté, apagué la luz y como pude llegué a oscuras de nuevo hasta la cama. Ya más tranquilo, la cama demostró ser más comoda de la que en un principio me pareció. Caí en un profundo sueño.

En mitad de la noche me sobresalté despertandome de una pesadilla que no llegaba a recordar. Decidí calmarme y dejar que mi corazón - que latía apresuradamente - se calmase, tendiendome de nuevo sobre la cama. Me quedé mirando a la oscuridad , ya que no podia verse absolutamente nada más, esperando que el sueño me sobreviniese nuevamente. Tras algunos momentos de desvelo, el horror lleguó a mis oidos en forma de palabras.
- ¡Socorro!. ¡Socorro!.
Parecía que la extraña voz venía desde muy lejos, pero no por ello resultaba ser menos inquietante. Ante mi espanto la voz se volvio aun más angustiosa. ¡Sanquenme de aquí!, gritaba. Tras dudarlo algunos segundos decidí que debía averiguar lo que estaba pasando. Debia levantarme y buscar a la joven posadera para juntos obtener respuestas.

Me levante en medio de la más obsaluta oscuridad con objeto de cruzar la habitación y encender la luz. Dí unos pasos muy lentamente hacia donde yo creia recordar que se encontraba el interruptor. Tenía mi mano estirada hacia delante para no toparme desafortunadamente con la pared, pero por desgracia no me serviría de nada. Siempre con mi mano como escudo y mi brazo estirado caminé un poco sin encontrar nada que se opusiera a mi paso. Empecé a ponerme nervioso, no recordaba que aquella habitación fuese tan grande y me empezó a invadir cierto sentimiento de indefensión ante la cerrada oscuridad que mi rodeaba. Armado de nuevo con mi brazo como punta de lanza, di varios pasos rápidamente convecido de que llegaría por fín a mi destino, aún a riesgo de golperme contra la pared. Pero para mi desgracia eso no ocurrió.

El pánico se apoderó de mí, era imposible no haberme topado ya con alguna de las paredes de aquella triste habitación. Aceleré el paso peró no encontré el más mínimo obstáculo. Aquello era absurdo, pero cada vez mas real. Estaba en medio de la nada, sin poder siquiera ver mi propia mano ante mi cara, completamente perdido en una pequeña habitación. Decidí volver sobre mis pasos y reencontrarme con mi cama, pero como ya supuse dentro de mi, no encontré cama alguna, sino más y más espacio vacio ante mí. Me sentía víctima de un mal sueño y pensé que pronto me despertaría, pero en el fondo sabía que nunca había estado tan despierto, casi podía oir el fuerte latido de mi corazón retumbar en mi cabeza.

Aturdido comencé a correr de un lado a otro, pero la habitación no parecía tener límite alguno. En mi desesperación empecé a imaginar todo tipo de extrañas explicaciones, ninguna de ellas plausible y en la confusión tropecé cayendo al suelo. Alcé la cabeza aturdido y vi unas extrañas luces que me rodeaban a cierta distancia. Parecián hablar entre ellas en un extraño murmullo que no llegué a comprender, se alejaron haciendo extraños giros y piruetas en el aire. Pasaron varios dias sin que pudiese oir, ver o tocar nada más. Extreñamente en ningún momento sentí sed o hambre, era como un sueño extraordinariamente largo del que no era capaz de despertar.

De repente, cuando ya casi había perdido el juicio, escuché nuevamente el fuerte chirrido de la puerta. Tras el, una voz masculina dijo: - Buenas noches!. Y muchas gracias por la hospitalidad - . Y a continuación, de nuevo el chirrido de la puerta cerrandose tras él. Comencé a gritar como un poseso. ¡Socorro!. ¿Donde estoy?. ¡Socorro!.
Nunca fui un hombre muy perspicaz, supongo que otros hubiesen comprendido mucho antes que habían muerto...


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