El niño de la ventana
Fecha Saturday, 12 September a las 20:29:00
Tema Terror y Microrelatos



Cuba, 1848
No he podido olvidar su mirada. Fue en una noche de luna menguante sobre las plantaciones de Santiago de la Vega, cuando el frecor de un febrero tropical caía ya sobre la isla y en el vagón se respiraba el silencio de todos, acongojados ante la sobriedad del paisaje en penumbra de caña de azúcar. Las viejas historias de marineros feroces escuchadas en el puerto de La Habana hace pocos días sonaban ahora como de otro mundo, retumbando lejanas en el eco de la campiña desierta. De vez en cuando el comboy se paraba en seco para admitir un cargamento más de caña de azúcar y los pulmones se inundaban una vez más de aquel olor que me había poseído nada más dejar el barco de la metrópoli. En silencio, la inmensidad del océano iba atrayendo al ferrocarril con su paso raquítico, nada parecía alterarse y la noche era ajena a todo.
Sobre el banco de madera mi hermana dormía con placidez y hacía desmentir la imagen de cuando trataba con desprecio a los trabajadores mulatos de Bejucal. Mi padre, dormía también ataviado con sus condecoraciones, y sólo el empresario de la Compañía del Ferrocarril permanecía levemente despierto, quizás atronado todavía por las palabras secas del militar sobre los criollos insurrectos. En mi imaginación también había algo que no me dejaba dormir: aquellas palabras del señor Olavide sobre el accidente de Santiago de la Vega. Fue en 1835, durante la construcción de la vía, cuando se produjo una explosión errónea de dinamita mientras los jornaleros cubanos labraban un paso entre dos colinas. Aquella balsa de agua inesperada reventó y arrastró sin remedio a la decena de muchachos preparados para llevarse de allí la tierra. Mi corazón se heló por momentos cuando el empresario, consciente del pánico infantil que yo había mostrado por su historia, me señaló nuestro próximo paso por el poblado de los trabajadores.
Giré mi cabeza, y mientras mi cuerpo infantil se deslizaba en el banco de madera, comenzaba a vislumbrar por entre el paisaje abrumador de cañas de azúcar algunos barracones de barro en ruinas. A través de la ventana observaba el humo de la locomotora disiparse en la estela, y todo aquello conformaba una atmósfera de difícil definición, a medio camino entre el sueño y la realidad, donde los seres del pasado parecían cobrar forma y yo no podía hacer nada por escaparme de ser arrastrado hacia ese lugar, lejos del amparo del mundo de los adultos. Fue entonces cuando apareció el muchacho de la ventana. Era de piel negra, con un chaleco que dejaba ver su piel sucia por las explosiones, con la pica al hombro. Su rostro parecía demasiado real como para ser un sueño o una imaginación mía inspirada por el ambiente, con todos esos atributos de la paciencia de sus ancestros acerca de aguantar las vicisitudes de la vida. Sabía que era uno de ellos, de los muchachos descritos por el señor Olavide. Y lo que más me aterrorizó no fue el devaneo de mis sentidos, más tolerado en la infancia que en la vida adulta, sino el impulso de sentirme reflejado inevitablemente en él.
Años después, ya en la metrópoli, tuve noticias acerca del señor Olavide. Yo había soñado con el muchacho de la ventana hasta bien entrada la adolescencia, y desde la cama parecía no se bien si amenazarme o invitarme a su atmósfera, la misma en la que estuve inmerso aquella noche en el vagón. Olavide había dejado la Compañía, entregado a una vida de tabernas en La Habana. Nadie entendía su actitud, pero yo pude saber el secreto, lo leí en su cuaderno de bitácora antes de terminar el viaje cuando ya había logrado conciliar el sueño: se sentía responsable por lo ocurrido en Santiago de la Vega, sobre todo después de que una hechicera de las plantaciones de azúcar le hablara sobre la perpetuidad del alma del trabajador infantil entre los vivos, guiándose por un trabajo hecho hace siglos por sus antepasados africanos del Níger. Yo también lo sabía.








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