SUB TERRA. Relato
Fecha Monday, 08 June a las 21:03:46
Tema Terror y Microrelatos


\"El hombre solitario es una bestia o un dios\"

Aristóteles




Una enorme luna fría y lenta vi avanzar hoy como en tantísimas ocasiones; mas surcando esta noche limpia e impía se presentaba roja, y sonreía. No podía ser sino una señal, la forma que tenía el universo de hacerme saber que iba a obrar correctamente.
Lloré por última vez sobre el risco y me erguí, resuelta: la sangre robada hinchaba furiosamente mis arterias.

Desde el bosque en donde meditaba —y que tantas veces nos vio amarnos— hasta el apartado cementerio que hoy te acoge, tu imagen, risa y olor, tu brutal recuerdo, asaltó mi cerebro y nubló mis sentidos. Hube de detenerme a olisquear aquí y allí para orientarme o asegurarme de que nadie observaba.
Jadeando de nerviosismo ante el camposanto, oía lamentarse al viento, emisario del olvido: adiviné en su silbido lánguido un profundo, justificado odio hacia mí y los míos, por robar a la tierra y al polvo aquello que nunca dejó de pertenecerles.

Aferrada al metal de la verja, agarrotadas las manos, mi voluntad flaqueó. Poco me faltó para desistir de mis antinaturales actos, pero levanté la sudorosa frente para mirar al cielo. A lo lejos un trueno, nubes que se propagan velozmente, notarias de la eternidad, sobre las blancas estrellas, negra noche, luna roja. De nuevo pensé en ti.

El aire que respiraba era denso, gélido, desesperanzado, si bien me agradó su sabor en los pulmones cuando de un repentino y poderoso salto me contorsioné para descender, silenciosa y oscura, cerca de un ciprés contiguo al oxidado metal que, ahora a mis espaldas, solemnemente separa vivos de muertos. Acuclillada entre el rocío sin más cómplices que mis manos, exhalo vaho profusamente por la nariz. Fijo la vista allá al fondo, en la parte trasera del solar triste. Un trueno más potente me sobrecoge.

Que jamás me atreviera a revelarte mi condición; que no preguntaras demasiado quizás por temor a perderme, aunque sin duda lo sospechases; que sonreías cuando me dijiste \"el tabaco me va a matar\", y las lágrimas resbalaron hacia tu barbilla; que no tomásemos ambos esta decisión... A todo esto me enfrento mientras vago penosamente de tumba en tumba.
Y he de leer con los dedos tu nombre en una lápida, porque los ojos me arden negándose a aceptar lo que ya no ha de seguir siendo.

Abstraída en mis pensamientos, casi me sorprendo al percatarme de que al fin he exhumado tu ataúd. Percibir la presencia física de tu recinto póstumo me angustia, pero aún más el hecho de perderte para siempre. Insisto hasta abrir la caja y te observo detenidamente, con un respeto infinito. Ahora ya te he visto muerto.

Me acerco súbitamente a tu cuello hasta hace poco todavía caliente: bebo de ti. Poco después, muerdo mi lengua con fuerza y te beso dulcemente en la boca. Está hecho. Pálida carne, oscuro cabello, savia púrpura. Comienza a llover; el agua borra los tres hilos líquidos que penden de tu cuello y labios.

Cuando abras sorprendido los ojos dentro de unas horas, la rosa blanca que he clavado en tu muñeca habrá mudado su color; leerás esta carta comprimida en el puño y serás consciente de en qué te he convertido. No habrá ya más cercas o sepulcros capaces de contener nuestra condena.

Te espero con ansiedad bajo el álamo donde nos encontramos por vez primera. Después ven a mí antes de que asome el Sol y háblame: si obré mal interrumpiendo tu descanso, ésa será mi responsabilidad, y estaré preparada para lo que he de hacer.

Pero si perdonas mi cobardía y soberbia, así como el dolor que inflijo a los tuyos con estas acciones, aceptando la nueva vida que te ofrezco con todas sus consecuencias... Entonces, mi dios, te prometo decenas de miles de noches que poner a tus pies repletas de frenesí salvaje, amándonos envueltos en oscuridad y tierra, desafiando las absurdas reglas del mundo, viendo envejecer las estrellas con las gargantas para siempre, para siempre teñidas de sangre.

Cordelia F.





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