Revisión Medica
Fecha Monday, 08 June a las 20:55:26
Tema Terror y Microrelatos


El hacker apagó el agonizante pitillo en el viejo y repleto cenicero que anidaba a la derecha de la holo-pantalla de ordenador, rodeado de una miríada de latas de refresco, restos de comida rápida y envoltorios de caramelos.


Revisión Medica

El hacker apagó el agonizante pitillo en el viejo y repleto cenicero que anidaba a la derecha de la holo-pantalla de ordenador, rodeado de una miríada de latas de refresco, restos de comida rápida y envoltorios de caramelos.
Dudó un momento con la mirada fija en el botón de arranque de la computadora cuántica. Había algo en el encargo de esa noche que ponía en marcha todas las alarmas de su mente. No se trataba solo de la desproporcionada suma que le habían ofrecido -recibiría por ese trabajo el equivalente a cinco meses de sueldo en el supermercado-; Tampoco ponía reparos a que el encargo consistiera en introducir un programa pirata en el ordenador central de un hospital –eso ya se lo habían pedido en varias ocasiones-. Había algo más visceral, más instintivo en su recelo. Encendió mecánicamente otro cigarrillo. Sin embargo, sabía que la triste realidad era que, esta vez, no podía hacer caso a su instinto. Necesitaba desesperadamente toda esa pasta.
Víctor, con el brazo en cabestrillo, estaba llegando al Hospital “Eric Bonabeau”. Tuvo que reprimir una mueca de desprecio al ver que, frente a la entrada, se había congregado un grupo de simpatizantes del candidato a la presidencia del Consejo Mundial, Alexander Wang. Había oído en las noticias que, a la mañana siguiente, Wang iba a asistir a un acto de protesta justo frente a ese hospital. Una activista se le acerco y le tendió un panfleto. Lo cogió distraídamente, apartó a la chica sin demasiada cortesía y siguió caminando hacia la entrada. Sabia perfectamente de que iba todo ese circo. El buque insignia del programa electoral del joven candidato se basaba únicamente en dos puntos: Uno, suprimir la polémica ROMA (“revisión obligatoria medica anual”) –a la que, por cierto, Víctor se encaminaba en ese momento-; y dos, derogar la ley por la cual el actual gobierno había impuesto a todo ciudadano de la Unión Planetaria la implantación de los “Bichos”.
-Buenas tardes. Necesito, si es posible, adelantar mi ROMA –le dijo a la enfermera que atendía en recepción mientras le entregaba su tarjeta de la seguridad social-.
-¿Por qué motivo? –Preguntó ella sin apartar la vista de su holo-pantalla-.
-Me he roto un brazo. –la enfermera asintió fríamente-
Víctor no se sentía excesivamente preocupado. Muy probablemente, dentro de poco saldría de allí con la fractura completamente consolidada. Todo gracias a los “nano-doctores” (o “Bichos”, como los llamaba despectivamente Wang): Nanomáquinas con inteligencia artificial de enjambre y capacidad de autoréplica que se movían libremente por el torrente sanguíneo del paciente.
-En 17 minutos deberá usted estar en la sala 303. Planta -3. Gracias. ¡Siguiente!
Ya en el ascensor, Víctor se observó en el espejo. Tenía 68 años pero nadie diría que pasara de los 40. Se dio cuenta que todavía llevaba en la mano el arrugado panfleto. “¡Los Bichos gobernarán tu mente!”. La incendiaria proclama hacía referencia a un nuevo uso que se pretendía dar a los nano-docs. Hasta ese momento habían logrado resolver, con sorprendente eficacia, prácticamente todos los problemas físicos del ser humano. Desde las patas de gallo hasta la leucemia. Pasando por los brazos rotos en accidentes de esquí. Ahora se proponían ir más allá. Hablaban de influir sobre el cerebro humano. Los científicos prometían, no solamente solucionar las patologías psiquiátricas, sino, incluso, atajar de raíz cualquier conducta antisocial o delictiva. El candidato Wang se oponía ferozmente a este control, alegando que daba demasiado poder al Estado. Víctor salió del ascensor y lanzó el panfleto a la papelera.
-Tómese esto. Dos cucharadas –El técnico de la sala 303 le ofrecía un vasito medio lleno de un gel blanquecino. Solo habían pasado 20 minutos desde que entró en la sala y la computadora cuántica ya conocía con precisión milimétrica su estado de salud- Los nano-docs usaran esto para crear hueso nuevo –le explicó a Víctor-. A parte de la fractura, también hemos detectado alguna obstrucción arterial, crecimiento celular anómalo microscópico en algunas zonas de la piel, el páncreas y la próstata, y 0.10 dioptrías en el ojo derecho. Si me lo permite comenzaré a transmitir las nuevas órdenes a sus nano-robots –Sin esperar respuesta, el técnico inicio la descarga de datos-.
A los pocos minutos comenzó a sentir un agradable calor que se extendía por el brazo herido. La mano comenzó a desentumecerse y probó con éxito a mover los dedos. Levanto la mirada y sonrió satisfecho al técnico. Pero este no sonreía. Antes al contrario, su rostro mostraba una concentrada preocupación.
-No pasa nada… –balbucía sin apartar la vista del computador-Este trasto parece bloqueado. Además, da la impresión de continuar enviando órdenes. Pero… no se inquiete, intentaré…
En ese momento, Víctor sintió una desagradable presión en la cabeza que, enseguida, se convirtió en un intenso dolor. Fue a llevarse las manos a la nuca. Pero el gesto se congeló a mitad de camino. Ese fue el último movimiento que realizaría voluntariamente. A partir de entonces Víctor asistiría como un espectador impotente a como su cuerpo se convertía en un títere movido por una fuerza que él nunca llegó a comprender. Al principio, aterrado, intentó resistirse. Pero, poco a poco, fue invadiéndole una suerte de narcótica placidez que anuló por completo su voluntad.
-¿Se encuentra bien? –le preguntó, alarmado, el técnico.
El cuerpo de Víctor se irguió y, con un súbito movimiento que tomó al otro desprevenido, le rompió el cuello. Luego, sin prisa, se dirigió al almacén. Se arrodilló frente a un bidón que contenía 40 litros del mismo gel blanquecino que había tomado para regenerar su brazo fracturado. Metió la cabeza dentro y comenzó a engullir.
Desde que, a primera hora de la mañana siguiente, el hacker escuchó la noticia del asesinato del candidato Alexander Wang mientras daba un mitin frente al hospital-el mismo, por cierto, que él había pirateado la tarde anterior-, se encontraba como inmerso en un desagradable sueño.
El video de las cámaras de seguridad del hospital llevaba camino de convertirse, aunque no durara más de 30 segundos, en el más descargado de la historia: En él se veía al difunto Wang dando un apasionado discurso a una multitud entregada. De repente, una de las ventanas del hospital estallaba en mil pedazos y de ella salía con furia animal una criatura imposible. Era un hombre, estaba claro, pero tenía un cráneo y una caja torácica desproporcionadamente grandes. Con una fuerza y una agilidad sobrehumanos, se iba abriendo paso entre la horrorizada multitud, hasta llegar a la tribuna del candidato. Los disparos de lod guardaespaldas no parecían producir el menor efecto. El engendro tiraba a Wang al suelo y con metódica eficiencia le destrozada la cabeza a golpes. Con una brutalidad y una cadencia que no paraban hasta que el propio monstruo caía inerte. Muerto de agotamiento.
La policía –según contaron las noticias- sospechaba del terrorismo chino. E investigaban la posibilidad de que el asesino fuera un individuo genéticamente alterado, con una coraza ósea impenetrable, además de niveles altísimos de adrenalina.
Pero lo que, ahora, hacía que al pirata le temblaran las piernas era el email que acababa de recibir: “Le comunicamos que su revisión medica ha sido adelantada a la próxima semana”.






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