Mi piel
Fecha Sunday, 28 September a las 14:22:41
Tema Terror y Microrelatos


\\\"Texto real, con abstracciones, sobre desamor y palestra\\\"

Narrando fantasías, a veces es difícil llegar al lector, transmitirle sensaciones intensas, de las que ponen de punta los pelillos de los brazos. Pero… ¿Quién se atreve a escribir en plan autobiográfico, sacrificando la intimidad a cambio de compartir un interés literario? Dudo ahora mismo si contar realidades. Sé que sólo con ellas se producirá la unión con quien lea esto. ¿No he de arrepentirme? Reculo y dejo en el aire si lo que escribo es verdad o mentira. Maldita mentira, que del mal se alimenta y el mal extiende. ¿Quién podría mentirte al mirar tus ojos? ¿Quién sostendría tu mirada, para entregarte, envuelta en terciopelo, la mentira? Me sumerjo en libros de Historia, en algunos, pues no leo demasiado. Si su autor es fiel a su disciplina, no hay engaño, sino como mucho despistes, omisiones, yerros, subjetividades, apreciaciones ligeras… Aunque te cuenten una batalla diez libros diferentes, sólo hubo una batalla. Sólo ocurrió de una forma. Sólo latieron los corazones de una manera, con cambios de ritmo específicos. Allí estuvieron tendidos los que su vida acabaron. Con ojos parecidos a los tuyos, y que dejaron de mirar. ¿Qué vale esto que escribo? Nada, preciosa palabra, que llena de miedo. Vale infinitamente más lo que escribió hace unos años un soldado ruso, en el fondo del mar, mientras se acababa el aire de su submarino. Para él la gloria, el oro de las palabras, ya que no todas las palabras valen lo mismo. Las suyas decían la verdad, a unas horas de la muerte. Allí el valor, allí la pluma. Bendita tinta si el alma desangras. Honores sin término a quienes te enseñaron a escribir.

Ahora me toca a mí. Mi piel está manchada, su color oscila, es piel de mustang. Recurro a la metáfora para ilusionarme. Lo que es tristeza a veces, otras es orgullo. Son mis manchas, soy único. Me abandonó la suerte, me abandonó una mujer. Chiquitina y de mi tierra. Con mi tierra en su carne, en su mirada verde. Pensé que yo valía desde esa noche menos. Traspasé el averno, puedo contarte cómo es. Me resumí, me replegué, cargué con fardos hasta un refugio, mi hermosa habitación nueva, para mi pesar asimétrica, de un edificio de 1905. Fetichismo de historiador, saber la fecha de la madriguera. No había pasado un año desde que en esa habitación ocurrió algo luctuoso, la muerte de alguien por quien a veces rezo. Siguen creciendo hierbas en mi ventana de adopción, la cual me ofrece ver sus flores, recias, distintas a todas. Las flores de esta primavera son distintas a las de la primavera anterior, luego la Historia es más lineal que cíclica. Me puse a correr, como buen mustang, como galgo gris, asustando gorriones, escapando de no sé qué. Repetía en mi mente una frase que oí de pequeño a uno de mis educadores, uno de los más flipados: “La mejor penitencia es el deporte”. El crápula había conseguido hacer penitencia divirtiéndose. ¿Cuál fue mi pecado? Ser feliz, el más feliz, mientras el hambre siega la vida de los etíopes. Reír, mientras la sed seca la garganta de los etíopes. Haber sentido amor, haber sido débil, cuando la debilidad por el hambre y la sed convierte en muertos a los etíopes. Entre aquellos muertos cuya muerte nos acusa, pasa la estela inalcanzable de Gebreselassie. Relativicé mi desdicha amorosa consciente del dolor de los demás, buscando consuelo. No hay buen cronista sin empatía, si no se sale de uno mismo. Mi amor fracasado no era el fracaso de mi vida. Abrí mi armario nuevo, y colgué en perchas blancas mis diez camisetas de fútbol-sala. Volví a jugar, con mis amigos de antes, que llevaban sin ganar nueve partidos. Se ve que no era yo el único acabado. Resurgimos, se volvieron las victorias tan numerosas como las derrotas. Sobre el 23, el número de Jordan, puse una cruz de San Juan, y volvió a temblar un segundo Acre. Como ves, apenas soy fantasma.

El tercer párrafo, con él me basta. Una tarde de domingo, hace dos meses, medio dormía sobre mi colcha roja. Sentí sin ver que una mujer se acostaba a mi lado, me besaba sin dejar que me moviese. Todo duró unos segundos, allí no había nadie, pero entendí el significado. Se interrumpió, imagino que temporalmente, mi castigo. Unas horas después besaba a una mujer real, con el mismo nombre que la preciosa chiquitina que me abandonó. Es como Safo, va coronada de violetas, tiene la sonrisa de miel, es la alegría nueva de mi piel mestiza. Son sus ojos verdes, de río limpio, tan brillantes como los tuyos, que no he visto, pero sé que brillan. Alternan ahora en mi vida días mejores y peores, la tempestad no termina. Qué aburrida sería la vida sin tempestad, sin ímpetu para acometer. No hay romanticismo sin tormenta. No hay victoria sin rival. Dulce victoria, que el dinero no puede comprar. Dinero, maldito dinero, que transforma a los hombres en números más feos que el 23. Dinero, maldita pócima del diablo, que quien te bebe y sueña despierta mojado. Dinero, que enturbia la mirada, que no te hace más rápido, que te impide vencerme. Debo ir terminando. Nuestro destino, que sabemos pero no pensamos: Morir. ¿Cómo nos sorprenderá la muerte? ¿Pensando en el dinero o mirando unos ojos de amor correspondidos? Tal vez de ninguna de las dos formas. Contarán nuestra muerte de cien maneras, pero sólo ocurrirá de una. ¿Tu sangre combatió en Flandes, conquistó América, extenuó al sol? La mía sí. Crepita bajo mi piel manchada. Estamos hechos de acero astur y plata potosina, la aleación poética de la venganza contenida, del perdón. Las heroicidades y las vilezas de nuestros antepasados no son las nuestras, porque somos flores distintas a las de la primavera anterior. Pero algo, más allá de lo genético, nos une a ellas. ¿Sabes por qué los españoles somos los mejores jugando al fútbol-sala? Porque al salir al recreo aún resonaban en nuestros oídos sus hazañas.






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