Los Perros de la Guerra
Fecha Sunday, 28 September a las 14:14:21
Tema Terror y Microrelatos


30 de abril de 1945

Hitler se retiró a eso de las 16 horas junto con Eva Braun a su despacho privado contiguo a la sala de mapas y Otto Günsche se paró frente al despacho esperando el momento de entrar; le acompañaba Linge. Se sintió un disparo ahogado y Günsche esperó unos 15 minutos de acuerdo a instrucciones; posteriormente Linge ingresó a la habitación de dos ambientes. Hitler estaba recostado a un extremo del sofá con un tiro en la sien, con salida de proyectil, de la cual aún manaba sangre, su boca tenía una grotesca mueca.



... en el exterior, el viejo continente era un montón de escoria calcinada. La guerra, tras su paso, sólo había dejado un espectro agonizante, mientras los cazas Aliados recorrían los cielos oscuros que albergaban una tierra maldita y destrozada. Poco quedaba de Berlín: edificios humeantes, sueños de poder y conquista destruidos, avenidas abiertas por las explosiones y muros, que otrora se levantaban orgullosos y dementes, convertidos en polvo...

De pie, el alemán se mantenía firme y erguido, con el cuerpo fríamente en tensión. Éste vestía un traje negro, propio de los miembros de las Waffen-SS, con sus charreteras de oro, espada en el muslo, brazal con la cruz gamada, y botas con espuelas de plata. Su nombre era Johannes Stark y había nacido en Colonia, en el seno de una familia aburguesada. En su juventud, fue entrenado en Bad Töldz, bajo las órdenes de Paul Hausser. Poco a poco, ascendió de rango gracias a su valor y la influencia política de su tío (que había ganado el Premio Novel de Física) y de su padre (el duque Ulrich era amigo íntimo de Joseph Goebbels), hasta llegar a la categoría de capitán de las SS nazis y pasar a pertenecer al círculo íntimo de la guardia personal de Hitler, que había frustrado el atentado contra su vida el año pasado. Misiones en Polonia, Noruega, Holanda, Bélgica, Francia, Inglaterra, Creta, y Stalingrado. Insignia de Infantería de Asalto, Orden de la Sangre, Cruz de Hierro de Primera Clase, Cruz de Hierro de Segunda Clase, e Insignia de Plata de Herido.

En su costado colgaba, dentro de una funda de cuero, una Walther PPK calibre 38. Su rostro impasible no demostraba signo alguno del pesimismo que dominaba a sus hombres: sus hijos, Möhler y Gresham, estaba a salvo en Nuremberg con su madre, no tenía nada que temer por la seguridad de su familia. En su pecho prendían condecoraciones de las que sentía orgulloso. La semana pasada, el capitán Dietrich había muerto, víctima de una descarga de artillería, a manos de los partisanos, que cada día se mostraban más audaces. En consecuencia, Stark llevaba el mando de las tropas del Führer, que se había escondido en aquel refugio de cemento armado en la cancillería de Berlín, con la intención de reorganizarse y volver a sembrar su semilla limpia y purificadora por todo el mundo.

A sus pies, yacía muerta una joven rubia, de miembros delicados y ojos azules. Indiferente, el alemán recordó que la jornada anterior, después de largos años de noviazgo formal, Hitler había contraído matrimonio con Eva Braun: no comprendía porqué el Führer la había envenenado con una cápsula de cianuro. Las sombras de la habitación le trajeron imágenes de su adolescencia: Mein Kampf, Nietzsche, y Wagner moldearon sus años mozos, e incluso, aquel renegado de Brecht, que había escapado de su tierra, desterrado por sus convicciones políticas, dejó una huella tan profunda en su alma como algunos cuadros de Munch, que le recordaban la soledad y el temor que se experimenta en primera línea, entre el hedor de la batalla, los cadáveres de los camaradas, la lluvia, el gemido de los heridos, y el fango cubierto de sangre.

Stark saludó: entrechocó los tacones y extendió el brazo en alto como exigía el ritual.
—¡Heil Hitler!
El Führer acababa de aparecer, como un espectro silencioso, por un costado de la estancia. El alemán abrió los ojos, impresionado, al descubrir el lamentable estado del Canciller del III Reich: mirada ausente consumida por la locura o la falta de sueño, rostro pálido y demacrado roído por alguna extraña enfermedad, cabellos negros teñidos de hebras grises, y cuerpo agotado, vencido por su propio peso. De su superior emanaba un poder demente e irresistible, una fuerza de voluntad arrolladora, que se había vuelto hacia sí misma, extendiendo el vacío y la desolación.

—Herr Stark —susurró—. ¿Ha enviado por telégrafo el documento que le entregué?
Stark sintió como algo se desgarraba en su pecho.
—Efectivamente, mi Führer.

¿Cómo era posible que aquel hombrecillo, un cabo austriaco que lo máximo que llegó a conseguir fue la Cruz de Hierro de Segunda Clase, hubiera levantado su patria, proporcionándole futuro después de la infame República de Weimar? El alemán era un ario puro, un experto militar, estaba por encima de sus sentimientos, no temía a nadie, menos a sus dirigentes, pero la visión de su líder lo hacía estremecer por primera vez en su vida.

—Es difícil tomar una decisión como la mía —comentó Hitler con tono conversacional—. La guerra por fin ha terminado.

Stark tembló por el alcance de las palabras del Führer. Alemania no podía ser abandonada ahora que las cosas iban tan mal. Su superior había perdido la cordura y pensaba en claudicar ante los Untermensch.

—No podéis renunciar a vuestro país —dijo ardientemente—. Os necesitamos para llevar la pureza de la sangre aria por la Europa que conocieron nuestros antepasados.
El alemán se mordió los labios. Sus ojos brillaron por la angustia y la desesperación: deseaba destrozar a Hitler con sus manos desnudas.
—¡Debemos aniquilar a los judíos! —gritó con fanatismo—. ¡Recuperar el cristianismo y el Lebensraum que la Gran Alemania merece!

Sus parrafadas patrióticas se perdieron en el vacío. El Führer no le hacía caso. Contemplaba a la mujer que había asesinado con laxitud y estupidez. Su superior fue consciente de su poder y pidió con voz trémula:
—Dadme vuestra arma, capitán.
El alemán boqueó sin aire en los pulmones. Hitler continuó.
—Iros hasta recibir nuevas órdenes.

Desesperado, Stark sacó la pistola de la funda y se la entregó al Führer. Las líneas de la Walther 38, que antes le parecían firmes y elegantes, ahora le resultaban mortíferas y aborrecibles. Hitler empuñó el arma con las manos malignas que habían ordenado asesinar a millones de personas. A trompicones, el alemán le dio la espalda y avanzó hacia la puerta metálica. No pudo ver como su superior sacaba una ampolla del bolsillo de la guerrera y la ingería babeándose por el esfuerzo.

La visión de la calle despedazada por las bombas de aviación le causó un nudo en el estómago. Al noroeste, tras las nubes enrojecidas, el crepúsculo comenzaba a extender su masa sobre la tierra, cubriendo la ciudad en tinieblas. El sonido del disparo le hizo perder la compostura. Stark se derrumbó de rodillas y vomitó la comida que llevaba en el estómago. Minutos más tarde se incorporó, había olvidado quién era o cuanto tiempo llevaba postrado en el suelo, llorando como un niño. Rabioso, se desgarró la chaqueta donde colgaban aquellas medallas vacías de significado. Después echó a correr, rodeó el búnker y llegó a la parte trasera de la fortificación: un Stuka de alas rectas descansaba dentro de un garaje. Descorazonado, accionó los mandos de aparato, despegó del suelo y dejó atrás la iniquidad y la crueldad humana. Sus hombres sabrían que hacer cuando encontraran los cadáveres. Volando a gran velocidad, pasó por encima de las tropas rusas que se dirigían a refugio, y se dirigió a Nuremberg, dispuesto a reunirse con su familia, abandonando a sus espaldas la desesperanza y el miedo...





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