Dos vigias incautos
Fecha Thursday, 05 January a las 12:54:13
Tema Terror y Microrelatos


Azotaba un gélido viento del noreste y la desvencijada tienda de campaña, otrora roja y reluciente, se tambaleba como un gigante en cuya testa hubiese impactado la piedra que David lanzase a Goliath. Batolomew y su fornido compañero de gestas al que por sus prominentes y curiosos pabellones auditivos apodaban Biggear,aludiendo a su fortaleza y a su singular anatomía auricular, compartían la helada noche bajo la orden de no perder de vista el cruce que unía la vía de Westermer y la que se dirigía a Lasfort.

Azotaba un gélido viento del noreste y la desvencijada tienda de campaña, otrora roja y reluciente, se tambaleba como un gigante en cuya testa hubiese impactado la piedra que David lanzase a Goliath. Batolomew y su fornido compañero de gestas al que por sus prominentes y curiosos pabellones auditivos apodaban Biggear, aludiendo a su fortaleza y a su singular anatomía auricular, compartían la helada noche bajo la orden de no perder de vista el cruce que unía la vía de Westermer y la que se dirigía a Lasfort.
Bartolomew llevaba ya pasadas tres horas en el risco que a pocos metros de la tienda ofrecía a los vigilantes, que se turnaban el goce del refugio, una bien disimulada visión de las dos vías.
-Maldito yelmo- dijo reprochando en voz baja -Cierto que protege de las flechas y los estoques pero a la vez absorve la gelidez del aire hasta conseguir paralizar las ideas, no creo que ningún cuervo decida declarar mi falta si por esta noche prescindo de sus ventajas.- Dejo así la lanza con la que obtenía reposo en la que descansar las piernas y mirando hacia ambos lados como si de un espía se tratase se quitó el reluciente casco y lo substituyó por un frondoso gorro de piel de oso que cambiase un día antes a un curioso vendedor ambulante por una vieja daga.
Bartolomew esbozó una sonrisa al notar el roce de la suave piel en sus gélidas orejas y blanquecina frente pensando en lo que le dijese el vendedor, que así le dijo:
-No lo piense ya que es un ahorro,
pues si lo ha notado tiene doble forro
lo cual en este helado invierno
hace que sea corto lo eterno.
Mas que harás con esa oxidada daga
La opinión que tendrán de ti, sera corta, mala o vaga.
Yo sin duda cambiarla de ti lo haría
Digo más, no dudaría
pues yo de la daga sacaré provecho
y tu mas bien poco de hecho
Y la osuna suavidad de este gorro
De tiritar a postura feliz tornará tu morro.
Bartolomew pensó lo útil que le sería la peluca de osuno pelaje y como no, se dejó caer en las elocuentes palabras del vendedor que en este caso era trocador. Y bien cierto que ahora, en la fría noche de luna llena, pensaba que había hecho un buen cambio.
Como el chico que falta por primera vez a sus clases de esgrima perdiendo parte del miedo que induce la resposabilidad de asirtir a ellas como dogma de fe, Bartolomew se dejó llevar por las delicias del libre albedrío y decidió, ya no sólo quitarse el yelmo, sino sentarse apoyado en el risco y acurrucarse dentro de su capa de encerada lana con lanza vertical entre ambas manos, olvidando que si fuese cazado in franganti en semejante posición que se antoja propicia al descuido y a la somnolencia a parte de ser poco marcial, las consecuencias podrían ser de la mas variopinta naturaleza siempre en contra del acurrucado.
-¿Dormirme yo como si Morpheo me hubiese hechizado? ¡Ja!, nadie conoce a Bartolomew Roguis.
El titilar de las estrellas le hicieron olvidar su inmunidad ante el Dios del sueño y como un troco su cabeza cayó de repente sobre su hombro derecho y como un resorte volvió a su posición original mas su mirada ya estaba perdida en las ninfas de sus sueños. Tras cuatro plomizas caidas de cabeza, ésta al final quedó en posición fija y lo único que se movía eran su labios que vibravan ondulante y rítmicamente cual relincho caballar que aun y así se disimulaba con el ululante silbido del viento.
Pasaron un par de horas y Biggear ya se enfundaba en lana , colocaba su yelmo y salía de la tienda lanza en mano.Éste no tenía una caliente funda para sus pabellones pero sin que su superior lo supiese se permitió la insensatez de beberse de un solo trago un botellín con media pinta de aguardiente.
El pequeño refugio de los dos vigías se encontraba a pocos metros del risco sobre el que se efectuaba la inspección de las vías. Pero algo sucedía que al grandullon de poco brillantes cavilaciones no le acababa de hacer gracia. Por lo que con la mano libre se rascó el casco de metal para poco despues agazaparse y esconderse rauda pero de forma torpemente ebria tras unos arbustos lo suficientemente grandes como para ocultarle completamente del enemigo.
-¿Qué demonios pasa? Esto es muy extraño -Se dijo apartando las ramas que le bloqueban la vista hacia el peñasco.- Lo han matado, lo han matado.- Las orejas del soldado enrojecieron como su cara bajo el metal al sentir la rabia de pensar en su amigo muerto, ya que el casco en el suelo yacía en contra de todo juicio y su compañero no se encontraba en el lugar en el que salvo situación de peligro o relevo debería de estar.
-¡Bartolomew amigo! Repitió varias veces- Pero nadie contestaba y eso que una lanza se movía inquieta a sus ojos tras el risco, o eran dos lanzas...?
De esta manera, bajo el engañoso hechizo de los calientes efluvios de la ardiente agua y empujado por la pérdida de su mejor amigo, frunció el ceño y agachando su cabeza como un carnero enfurecido, levantó la lanza, y con un furioso mugido que hubiese alertado a todas las lechuzas tres millas a la redonda empezó a correr hacia el risco con un ímpetu que ni el propio Aquiles en las playas de troya. Un torpe Aquiles que a las pocas zancadas tropezó con unas serpentinas raices escondidas entre la maleza y así con la inercia de la caballería pesada en plena embestida dio con la cabeza en el risco y con tal infortunio que como si el yelmo no hubiese existido el confuso gigante perdió el sentido y pálido como un traicionado quedó resoplando en el suelo a la vez que una gran roca se desprendio sin más perjuicios que un ruidoso estruendo que dada la situación ya parecía importar poco.
Al parecer el gorro de Bartolomew no solo protegía del frio, si no que confería a su portador la capacidad de no inmutarse ni ante la cólera del mismo Zeus, ya que truenos no hubieron pero si un alboroto que hubiese despertado a un oso que sin ser parte de un gorro durmiese el profundo sueño invernal.
Tres encapuchados de misterioso porte atravesaron al galope el cruce ahora no vigilado y como una exhalación se internaron en los bosques portando tal información que dejaría indefenso al regimiento hacia el cual Bartolomew y Biggear habían prestado juramento.
Despiadada fue la escaramuza que se formó en el hasta entonces oculto campamento y la piedad no fue la inspiradora de ésta.
Las lágrimas brotaron de los ojos de los dos soldados al llegar y ver convertido en cenizas teñidas de rojo el cobijo de sus compañeros de lucha que confiaban en su diligencia. Lágrimas que no sirvieron para revivir la sonrisa de Smill, ni los gruñidos de Fatt, ni la elocuencia y buen hacer de su capitán. No sirvieron para recuperar todo lo que tenían y quiza por su comportamiento perdieron.
Y sucedido lo dicho, no creo necesario tratar como un bicho, ni como a un fracasado romano decir que se mate y así se pudra en un nicho, por más grande que sea la imprudencia cometida, pero si recordad que tiempo para el divertimiento hay en variada cantidad y despirtarnos en ellos podemos sin tener en cuenta ninguna prioridad, mas hay que tener presente y tener siempre en mente, que no es prudente dormierse o entretenerse cuando el lobo aulla en las frias noche de luna llena.






Este artículo proviene de El Portal de la Rosa de los Vientos
http://rosavientos.es

La dirección de esta noticia es:
http://rosavientos.es/modules.php?name=News&file=article&sid=229