Suicidio Por Encargo
Fecha Thursday, 28 July a las 17:34:05
Tema Materia Reservada


Se disparan las consultas de padres sobre el acoso escolar», proclamaba el titular de la noticia hinchando las palabras como venas de fuego, y a la indignación del teclado han vuelto los nombres de Jokin y Cristina, esos jóvenes a quienes todos, y no sólo los hideputas que los martirizaban, hemos negado otra salida que no desembocara en la muerte y en el suicidio, esos adolescentes que ya no podían continuar repitiendo la confianza en sus mayores, en un establishment que se mofó de sus angustias irguiendo el dedo corazón al tiempo que recogía los demás en la palma de la mano. Nadie les ayudó, son cosas de chicos, ya se les pasará, que espabilen, ni nadie les insinúo la esperanza de que al otro lado del olor negro a mierda se ocultaba el vivaracho del azahar y de la vida. Lo cierto es que Jokin y Cristina se cansaron de tener que oír, mes a mes, hora a hora, el anuncio de su propio final en las burlas de sus compañeros, y nadie impidió -ni siquiera retrasó- su hechizo por el the end, nadie les tranquilizó con la certeza de que, aunque nos parezca extraño, vivir hoy aún no es imposible.



«Un joven llamó al borde del suicidio. Lo mantuvimos tres cuartos de hora al teléfono y logramos calmarlo», refiere Ferran Bari, psicólogo y presidente de ANPE (Asociación Nacional del Profesorado de la Enseñanza). Me parece magnífico que consiguieran salvar la vida de ese muchacho, y vaya mi aplauso y gratitud. Ahora bien, ¿durante cuánto tiempo podrán retenerlo en este mundo? ¿Un mes, un año, un día? Sabido es que el carácter de los adolescentes es inestable, tornadizo, voluble e inquieto y que propenden a imitar lo que ven. El problema está, precisamente, en lo que ven, en lo que les transmiten esas imágenes, esos modelos, esos gurús del miedo, el narcisismo y la amargura a los que rendimos pleitesía los adultos. Es algo que se ha cacareado hasta la náusea y se ha vomitado hasta apestar en tertulias radiofónicas y en congresos especializados. Todo el mundo conoce la solución, pero hay demasiados intereses de por medio como para adoptarla. Por eso es mejor seguir atiborrando bien la faltriquera con los vellones y dineros que proporcionan los sórdidos programas televisivos; al fin y al cabo entonar una jeremiada y aflojar dos o tres lagrimitas de cocodrilo -¿o mejor de reptil, de abyecto y alevoso reptil?- cuando muere un joven, a quien han hecho la vida imposible sus condiscípulos, sale más barato y, de cara a la galería, queda mejor. Todo menos emprender un cambio radical de los contenidos televisivos primero y después el de someter a pruebas psicológicas o de la índole que sea a todos aquellos se las den de padres, a falta de una reeducación de toda la sociedad, reeducación que se impone con urgencia si aspiramos a contarlo a nuestros nietos. Sería el primer peldaño para hacer menos asfixiante y neurótico el mundo, de por sí ya podrido, occidental. Porque muchos padres acuden a hablar con los profesores y tutores menos para interesarse por sus hijos que para aplacar su mala conciencia. ¿Injustas esas soluciones que propongo? No pienso tal. ¿Muy difíciles? Tampoco. ¿O en vez de eso quizá sea preferible insistir, play it again, Sam, en las recetas de las buenas intenciones, o acaso en callar como putas, o en viajar al más allá con los tripis de retórica que nos enjaretan los políticos, esas manos de sombra y baba que mecen las cunas de nuestros hijos?

Uno de los grandes problemas del sistema educativo actual es que se haya hecho obligatoria la enseñanza secundaria. Acaso si no fuese obligatoria, Jokin y Cristina no estarían muertos. Piénselo mi inexistente lector antes de echarme a los pitbulls de lo políticamente correcto. Una sociedad nunca ha progresado con el concurso de los muchos, sino gracias a los happy few. El mantenimiento de colegios y escuelas le supone muchísimo dinero al contribuyente, y lógico es que espere resultados. Se ataca a los fumadores, cuando los pobrecicos se pagan con holgura y paciencia su tratamiento contra el cáncer, pues los masacran a impuestos. En cambio, nadie habla de los millones y millones que nos cuesta el sistema educativo, y eso que no se invierte en él como se debiera. En muchos centros han incluido de matute a policías por ver si pueden detener el brillo atropellado y caníbal de las navajas. No sirve de consuelo lo que leí hace poco. Los psiquiatras enseñan que la personalidad del que maltrata, tortura y acogota a sus condiscípulos está obnubilada por la neurosis y otras perturbaciones del tejaroz. Interesa menos curar ese trastorno que saber por qué el mundo está enfermo y luego poner manos y neuronas (las pocas que nos quedan) a la obra. Una respuesta, posiblemente la más acertada, a esta cuestión la suministra Jung: hemos perdido la fe en los mitos, esos profesores de conducta proba y vasta sabiduría. En efecto, los espeleólogos de las covachas y espeluncas del inconsciente saben que cuando un pueblo deja de creer en sus mitos, surgen los códigos, las normas, los dogmas y las coerciones para suplir a aquellos. La comunión con el Otro queda malparada en ese cambio, y en la conciencia del hombre -y del adolescente- se instala como un disparo la convicción de que él es diferente, de que todo le está permitido, de que él no se sujeta a más voluntades -repárese en que no escribo normas ni mandatos- que los de su real gana. Esto nace en el siglo XV. Después se va agravando y agrandando. Sartre proclamó que el infierno son los demás. Y muchos padres, jíbaros emocionales, espirituales e intelectuales -un aspecto reclama a su vera a los otros dos-, adiestran a sus hijos en la ley del más fuerte (¿o no sería más exacto decir del más débil? Pues sólo los débiles y baldragas mentales atacan para construirse una ficción o contrahechura de fortaleza).

Tal como están las cosas, los dómines y mistagogos poco pueden hacer, porque les hemos retirado la autoridad ayudados de padres progres, de políticos con los pantalones placentera y sempiternamente desmayados de gusto en los tobillos y de un sueldo mísero con el que ni siquiera podría malvivir un fakir. Que lo piensen los progenitores de los chavales: si menoscaban el poder de los profesores, es posible que, antes de entregar a sus hijos al paro o a eso que llaman ahora Programas de Garantía Social, los empujen al grito de sangre que se endurece en una navaja. Y, entretanto, a la vez que mueren nuestros jóvenes, se drogan de mierda y no de cultura o aceleran a cien mil pulsaciones por minuto contra el muro de la ignorancia, sigamos aniquilando los otros dos o tres mitos que aún nos quedan. A la vuelta de sólo diez años les contaré.






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