La Puerta
Fecha Saturday, 09 October a las 18:58:39
Tema Terror y Microrelatos


Fue hace dos días cuando recibí la noticia. El teléfono me sacó de una de mis horribles y frecuentes pesadillas justo cuando comenzaba a amanecer. Dejé que el aparato sonara unas cuantas veces, como de costumbre, con la esperanza de que se cansara de sonar y yo pudiera dormir aún unos minutos más antes de levantarme para enfrascarme en mi rutina diaria. Pero aquello siguió haciendo ruido durante largo rato, por lo que supuse que debía ser algo realmente importante. Salí de un salto de la cama, atravesé corriendo el pasillo, aún en penumbra, y descolgué el auricular. Cuando pegué la oreja y respondí ya era demasiado tarde; la persona que había efectuado la llamada ya había colgado.

Volví a mi habitación bostezando profundamente, calculando los minutos y los segundos que podía aprovechar para descansar. Pero toda perspectiva de conciliar de nuevo el sueño se evaporó en cuanto me metí debajo de las sábanas. Un fuerte escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde la punta de los dedos de los pies hasta el último de los pelos de mi cabeza. Fue una sensación aterradora y súbita, extraña, que nunca antes había sentido, y que a penas duró un segundo, pero fue más que suficiente para que hiciera que volviera a levantarme y me fuera corriendo hasta el cajón dónde guardo las pastillas para la ansiedad. El corazón me latía a gran velocidad y con una fuerza que parecía que me fuera a reventar en cualquier momento. Metí la cápsula en la boca y llené un vaso con agua. Después de tragarme la pastilla me quedé un buen rato absorto mirando un leve reflejo de la luz solar que se proyectaba a través del vaso. Me paré a pensar sobre la situación, intentando identificar si lo que me pasaba se trataba simplemente de una subida de tensión, o de una de mis malditas crisis de angustia. El escalofrío, las taquicardias, el sudor… todo parecía indicar que era lo segundo. Una vez más volví a maldecir en voz alta, preguntándome por qué me tenía que pasar esto a mí. De repente acudió a mi mente el recuerdo del sueño que había tenido unos instantes antes. Y las imágenes aparecían ante mi con tal fuerza que parecía que aquello estaba ocurriendo de nuevo en ese preciso momento.

En aquel sueño me encontraba en un lugar extraño, un paisaje compuesto por difusas casas viejas y calles vacías. Escuchaba un grito y corría en dirección al lugar de dónde procedía. En un callejón veía a un hombre inclinado sobre una niña, apretando su delicado cuello con delgadas manos. Aquella niña tenía la cara de una chica que había sido paciente mía, de doce años de edad, que había terminado suicidándose. Si, con solo doce años… Había acudido a la consulta obligado por sus padres. Decía que oía voces, voces que le susurraban secretos, “los secretos de La Puerta”, como decía ella. Le diagnostiqué un trastorno psicótico y lo traté durante seis meses. Su hermana pequeña la encontró una tarde en la bañera, rodeada de sangre que descendía de sus venas. Aquello fue para mí… Pero volvamos al sueño. Intentaba gritar, pero mi garganta no producía ningún sonido. La niña me miraba esperando a que hiciera algo por él. Me abalancé sobre el hombre que estaba sobre ella y lo tiré al suelo. Entonces pude verle la cara y me eché hacia atrás lleno de terror. Aquel hombre era yo. Fue entonces cuando me desperté.

El sonido del teléfono me sacó bruscamente de mi ensimismamiento, de tal manera que el cristal se resbaló de entre mis manos, partiéndose en mil pedazos tras chocar contra el suelo. Uno de esos trozos fue a parar entre los dedos de mi pie derecho, lo que produjo que al caminar hacia el pasillo me hiciera un pequeño pero doloroso corte en uno de ellos. Haciendo caso omiso del dolor cogí con nerviosismo y algo de pánico el teléfono, como si ya supiera lo que me esperaba. Una voz maltratada por el exceso de tabaco habló al otro lado de la línea.

-Alberto, es Leire. Ha muerto.

Nada más oír esa frase colgué el teléfono, sin decir ni una palabra. Durante ocho años había estado preparándome para este momento y siempre creí que cuando llegara me sentiría como si el cielo se me cayera encima. Y esto era así porque a pesar lo de lo que siempre dije, sabía que en el fondo de mi corazón existía un pequeño resquicio de esperanza, aunque nunca lo hubiera admitido. Deseaba estar equivocado, creer que nada de aquello había sucedido de la manera en que yo lo recordaba. Sin embargo, lejos de sentirme mal, recorrió mi cuerpo una sensación de paz y tranquilidad como no había tenido desde hacía mucho tiempo. Tranquilidad porque sabía que aquella muerte era un descanso para quién más lo necesitaba, para su familia, una familia que se había pasado todo este tiempo encerrada en un hospital, viendo a su hija conectada a aparatosas máquinas por medio de una docena de tubos y claves de todos los colores. Y cada mañana se despertaban con la esperanza de ver como la razón de su existencia abría los ojos otra vez. Pero eso no llegó a ocurrir nunca. Ahora Jaime y Laura sentirán que todo el esfuerzo que han hecho no ha servido para nada. Se echarán la culpa de que las cosas hayan seguido este curso, y experimentarán una profunda depresión durante dos semanas, tres meses, o tal vez seis, pero no más. Lo sé. Es ley de vida. Se darán cuenta de que ya no tienen una razón por la que sufrir. Porque su sufrimiento siempre fue consecuencia de la esperanza y de la incertidumbre. Ya saben que nunca abrirá los ojos, pero al menos esta vez no esperan que pueda ocurrir. Porque los muertos no vuelven a la vida. Y menos cuando aún cuando hace ocho años que la pedieron.

Conocí a Leire unos pocos meses antes de que ocurriera aquel estremecedor suceso que marcó nuestras miserables vidas para siempre. Por aquel entonces yo empezaba el cuarto curso de carrera y estaba buscando un piso dónde vivir durante el curso, ya que la facultad de Psicología se encontraba en Santiago y yo vivía en otra ciudad, en A Coruña. Pasé varias tardes llamando a diferentes teléfonos y visité unas cuantas habitaciones, la mayoría de ellas viejas y sucias. Al tercer día de mi búsqueda di con un lugar ideal para mí, un piso de estudiantes situado en el centro de la ciudad, a quince minutos del campus. Allí, en aquella casa, fue dónde la conocí, y aquel día tuvo lugar nuestro primer contacto. Desde el momento en que tuvimos nuestra primera conversación supe que era una chica decidida, que no temía enfrentarse a nada, y ojalá no hubiera sido así su personalidad, porque entonces tal vez hoy todo sería distinto.

Durante los primeros meses de convivencia fui conociendo mejor a Leire, aunque no sucedió lo mismo con los otros compañeros de piso. Al principio éramos cuatro personas conviviendo en el mismo piso: Leire, Miguel, Luis y yo. Miguel apenas se pasaba por casa. Estaba todo el día en la facultad, comía siempre fuera y por las noches solía dormir en casa de su novia. Casi no tuve contacto con él durante el poco tiempo que viví allí, y fue algo por lo que llegué a sentirme apenado, pues siempre sentí cierta curiosidad por él, por sus ideas y su forma de pensar. Respecto a Luis, no era estudiante, sino que trabajaba en Santiago, pero vivía en Pontevedra. Al mes de vivir con nosotros lo trasladaron a Barcelona y tuvimos que buscar a otra persona, Ana, una chica de Mallorca que al cabo de tres meses de estancia se marchó por problemas familiares. Después quedó una habitación vacía la mitad del curso y no nos molestamos en buscar a nadie más. Así que prácticamente se podía decir que solo vivíamos dos personas allí, Leire y yo.

Nuestra relación fue completamente normal, teníamos nuestras diferencias y a veces discutíamos, pero siempre por pequeñas cosas. Éramos diferentes. Ella era el fuego y yo el hielo. Leire era una chica muy activa, que buscaba constantemente cosas que hacer y a la que le gustaba mucho hablar. Yo era, y sigo siendo, un hombre de pocas palabras, y que amaba la tranquilidad por encima de todas las cosas. Pero, como ya he dicho, a pesar de todo nos llevábamos bien.

La casa en la que vivíamos era el típico piso de alquiler, por el que una vieja antipática se sacaba un buen porcentaje de dinero negro. Nunca había pasado nada raro, o al menos no lo habíamos notado, hasta que una noche comenzaron a ocurrir cosas.

Creo que era un Lunes. Debían ser las dos de la madrugada. Estaba en mi cama, en ese estado entre la vigilia y el sueño, cuando oí el ruido de una puerta que se abría y noté que alguien encendía la luz, lo cual pude comprobar al ver como por debajo de la puerta entraba un hilo de luminosidad. Supuse que era Leire, que se levantaba para ir al baño, y no le di importancia. Pero durante los siguientes cinco minutos seguí oyendo portazos, el ruido que hace el interruptor de la luz al pulsarlo y sobre todo pasos, muchos pasos, a veces apresurados, como si alguien corriera por el pasillo. Maldecí en voz baja a mi compañera de piso creyendo que se trataba de ella, pero al fin terminó el jaleo y pude dormir. A la mañana siguiente no le comenté nada, porque muchas veces me callaba cosas que no me gustaban para evitar discusiones “innecesarias”. Pero por la noche, a la misma hora, volvió a ocurrir lo mismo. Cinco minutos de ruido y después silencio. Suspiré con gran enfado y me quedé dormido. Con el nuevo día volví a callarme. Y de nuevo esa noche volví a oír los ruidos, en un momento dado estuve a punto de salir de mi habitación para decirle algo, pero cuando lo iba a hacer el ruido cesó y decidí que al día siguiente, esta vez si, le preguntaría qué es lo que hacía esas últimas noches a las dos de la mañana. Pero no hizo falta que le dijera nada. Fue ella quien me lo dijo a mí.

Mientras yo desayunaba, Leire entró en la cocina con el límite del mal humor tatuado en su cara. Se sentó frente a mí y con expresión seria dijo:

- ¿Se puede saber qué coño haces todas las noches para hacer tanto ruido?

Nunca la había visto tan enfadada, así como estoy seguro de que tampoco ella me había visto a mí tan asombrado cómo cuando la oí pronunciar aquellas palabras. Le expliqué entonces que yo pensaba que era ella la que hacía ruido y comenzamos una fuerte discusión sobre este asunto. Al ver que no llegábamos a ningún lado me levanté de mi asiento y me fui a la calle a intentar relajarme y tomar un poco el aire.

Durante todo el día no nos dirigimos la palabra. Pero al fin llegó la hora crítica y yo estaba preparado para cazar a mi compañera esa noche. A las dos de la mañana empezaron a oírse los ruidos. Rápidamente alcancé el pomo de la puerta y lo hice girar mientras en el pasillo se oían nerviosos pasos. Pero cual fue mi sorpresa al abrir la puerta y ver que todo estaba en sepulcral silencio y no había ni una luz encendida, ni un alma en pie. Confundido, volví a meterme en mi habitación, pensando que tal vez ella había sido más rápida que yo y se había metido en su habitación al escucharme abrir mi puerta.

Pero a penas me hube metido en la cama cuando vi como la luz se asomaba por debajo de mi puerta y de nuevo se oía ruido de puertas y pasos. En ese momento escuché la voz de Leire gritar “¡Joder!”. La luz desapareció y cinco segundos después se abrió mi puerta. Ella entró en mi habitación insultándome e intentando hilar frases a una velocidad de vértigo. Seguía acusándome de ser el causante del ruido del pasillo. Poco duraron sus quejas y maldiciones, pues de repente la puerta de la habitación se cerró violentamente y la luz se apagó. Todo quedó en silencio durante unos breves segundos, aunque aquellos segundos parecieron siglos. De nuevo se oyeron pasos en el pasillo, pero esta vez iban acompañados de voces ininteligibles que susurraban palabras que no llegábamos a comprender. Mi primera reacción fue buscar en la oscuridad el interruptor de la luz. Tras tropezarme con una silla un par de veces, logré pulsarlo, pero la bombilla no se encendió. Empezaba a preocuparme gravemente aquella situación, notaba como mi corazón latía cada vez más rápido, y podía sentir las venas de mi cabeza dando fuertes empujones a mi sangre. Mi brazo rozó piel humana y lancé un grito de angustia. La voz de Leire me tranquilizó, aunque no lo suficiente. Estaba a mi lado y ahora me había agarrado el brazo derecho con fuerza. Ni siquiera me acordaba de que ella estaba allí, tal era el miedo que sentía. “¿Qué está pasando aquí?”, nos preguntábamos. Fuera, los ruidos cada vez eran más frecuentes y molestos. La mano con la que Leire me sujetaba estaba fría como el hielo y un indescriptible sentimiento de pánico y angustia inundaban mi cuerpo. Estuvimos pegados el uno al otro sin movernos durante cinco minutos, hasta que se empezaron a escuchar golpes en la puerta de la habitación, como si alguien estuviera llamando. En ese momento solo había algo que sonara con más fuerza que los golpes, y eso eran los latidos de mi corazón. Creía que me iba a dar un infarto en cualquier momento. Sin embargo, sentía la piel de Leire completamente relajada, impasible, y sobre todo fría, helada. Los golpes iban cada vez a mayor, y al cabo de un rato de insistencia empezaron a acompañarse de voces. Cada vez era una voz distinta, ya fuera la de un niño, la de una anciana o la de un hombre adulto… y todos susurraban una única palabra al fin descifrable: “Leire”.

- Voy a abrir.

Noté como me soltaba el brazo y caminaba en dirección a la puerta. Yo le gritaba que por favor no lo hiciera, que volviera a mi lado, pero ella parecía no escucharme. Quise irme hacia ella, buscarla en la oscuridad y sujetarla para que no abriera aquella maldita puerta, pero el miedo me había paralizado. Al fin escuché como alguien giraba el picaporte de la puerta desde dentro y como ésta se abría al tiempo que una intensa luz empezaba a deslizarse dentro del cuarto. Me asusté tanto que cerré los ojos, por miedo a ver algo que no quisiera ver. Al fin y al cabo, es lo que hacemos todos ante nuestros más profundos temores: cerrar los ojos, ignorarlos, esconderlos en el desván de nuestro subconsciente, donde creemos que ya no nos pueden hacer daño. Pero la realidad es que lo hacen, nos dañan brutalmente, hasta el día en que les hacemos frente y abrimos los ojos, o la puerta… como hizo Leire. La última imagen que registró mi retina antes de cerrar los ojos fue la de la figura de Leire, con miedo cuerpo bajo la luz y la otra mitad sumergido en tinieblas. Escuché un golpe seco, como de algo que cae al suelo, y todos los ruidos cesaron de golpe y al mismo tiempo. Permanecí un buen rato sin moverme y sin abrir los ojos, rodeado de absoluto silencio. Puse en práctica alguna técnica de relajación que había aprendido en clase unos meses atrás, y cuando reuní el suficiente valor abrí los ojos. Todo estaba oscuro. Ya no entraba ninguna luz por debajo de la puerta, ni se oían golpes, ni pasos, ni voces. “¿Leire?”, dije en voz casi imperceptible. Y no obtuve respuesta alguna. Caminé lentamente buscando la puerta, hasta que mis pies chocaron con algo que había en el suelo, volví a ponerme nervioso e hice ademán de encender la luz como acto reflejo, olvidando que no funcionaba. Pero esta vez funcionó y pude ver lo que había a mis pies. Tirada boca arriba, con los ojos abiertos, la mirada inerte y perdida enfocada hacia el techo, estaba mi morena compañera de piso. Parecía un muñeco sin vida, abandonado en el suelo por algún niño aburrido de él. Volví a pronunciar su nombre, esta vez en voz más alta, pero ella no respondió ni se movió un solo milímetro. En seguida me incliné sobre ella y la agité intentando hacer que reaccionara. Al vez que eso no ocurría, la tomé el pulso y noté que su corazón aún latía y sus pulmones respiraban. Pero ella seguía sin reaccionar…

Ha habido momentos en mi vida que se me antojaron realmente largos e insufribles, pero nunca experimenté nada como aquellos interminables veinticinco minutos que tardó la ambulancia en llegar. Durante ese tiempo permanecí de pié en el pasillo, mirando los ojos abiertos de Leire, intentando averiguar qué había pasado esa noche. ¿Qué había visto Leire tras la puerta? Después de tanto tiempo dándole vueltas al asunto solo pude pensar que lo que había encontrada tras esa puerta había sido a la mismísima Muerte. Al menos la muerte de su alma, porque su cuerpo estuvo vivo durante los ocho años que siguieron a aquella noche. Aunque lo de “vivo” suene tal vez algo irónico. Porque a estar casi una década en coma, conectado a máquinas y tubos, sin mejorar ni empeorar nunca, a eso yo no le llamaría vida.

Pero, como alguien me dijo una vez, ¿qué la diferenciaba a ella de una persona sana? No tanto como puede parecer a simple vista. Hoy en día es así como pasamos la mayor parte del tiempo que ocupan nuestras miserables vidas: rodeados de máquinas, sin sentimientos ni emociones reales, cerrando las puertas a todo aquello que nos disgusta o aterroriza, dejando los miedos pasear por el pasillo…

Siempre que me encuentro deprimido hay alguien que me recuerda la gran reputación que tengo dentro del mundo de la Psicología profesional, lo bueno que soy tratando trastornos psicóticos, sin necesidad de recetar ni una sola cápsula, y el mérito que tiene haber logrado todo esto habiendo terminado la carrera hace tan solo seis años. Cualquier persona que llega a mi consulta aquejada de tener alucinaciones sale en menos de cinco meses como si hubiera vuelto a nacer. Pero a mí todo eso me da igual. Una niña se suicidó por mi culpa. Si, por mi culpa. Porque yo una vez viví todo aquello que ella me contaba, pero me negaba a aceptar que fuera real. Enterré aquella experiencia en una esquina olvidada del cementerio de la mente. Nunca tuve el valor que tuvo Leire para afrontar su destino. Podría haber evitada que su vida se hubiera terminado de golpe, pero no lo hice. Las herramientas necesarias estaban en aquel oscuro pasillo que nunca más volví a atravesar. Yo maté a aquella chica cuando encerré mis miedos al otro lado de la puerta.





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