Los Aullantes
Fecha Wednesday, 18 February a las 15:44:07
Tema Terror y Microrelatos


Recuerdo mi infancia de manera difuminada, como una visión borrosa olvidada en mi mente, como ver a personas andar entre la niebla. Todos mis recuerdos parecen ocultos tras un velo extraño, todos menos uno.

La noche se acerca y ya puedo sentir el frío y el miedo llegar. Todas las puertas están ya cerradas, y yo me hallo en mi habitación, protegida por una puerta de acero con doble cerradura e infinidad de candados. Enciendo una vela y me dispongo a intentar dormir, y no escuchar. En el silencio de mi casa solo se puede adivinar el sonido de la soledad y la angustia. Se que nadie podría escuchar mis gritos. No hay ninguna otra casa en tres kilómetros a la redonda, solo la mía, solitaria en medio de la oscura montaña en la que tantos y tantos han perecido.

El viento empieza a resoplar fuerte como cada noche, aullando en mi ventana, buscándome para llevarme con las almas de los condenados. A veces puedo oír sus voces en la madrugada, sus lamentos, sus gritos, su angustia… y luego los oigo a ellos... me buscan.

Sucedió hace ya veinte años, pero parece como si hubiese sido ayer. Mi vida era feliz, mis padres, mis hermanos y yo. Vivíamos en la ciudad hasta que mi padre se jubiló y nos vinimos a vivir en la montaña. Tranquilidad, paz, todo era perfecto en nuestro nuevo hogar durante los primeros días, hasta que llegó la primera luna llena.

Yo tenía solo quince años y era un chaval de lo más corriente, alegre, jovial, divertido, disfrutaba de cada segundo del día, añorada juventud. Tenía un hermano mayor y una hermana menor que era mi compañera de juegos y mi cómplice de fechorías. Sarah era más que una hermana, era como parte de mí… ahora es parte de ellos.

Un golpe, ya están aquí, la puerta principal se haya muy dañada y no se si resistirá hasta el final de esta luna, aúllan, silban en la oscuridad y me hacen enloquecer. A veces, entre los aullidos la distingo a ella, la oigo venirme a buscar y se que un día me encontrará, y me matará. Otras veces, en la noche oigo gritos en el bosque, pero éstos son humanos, gentes que se adentran en lo profundo de la montaña de la muerte y encuentran precisamente eso, la muerte. A menudo escucho noticias en la vieja radio sobre hallazgos de cadáveres en la montaña siniestra, la montaña de la casa abandonada. Abandonada, curioso, pero mejor así, si supiesen de mi existencia no tardarían en culparme de las muertes y ajusticiarme, aunque posiblemente sería mejor final que el que podrían darme los aullantes.

Muchos son los que se adentran, ninguno vuelve. Montañeros, aventureros, amantes del misterio, bajo la luna todos mueren y aparecen al día siguiente descuartizados. Muchos cazadores se han adentrado con el propósito de encontrar a los lobos y matarlos, pero son ellos los que acaban siendo la presa.

Sarah y yo solíamos jugar entre los árboles, ella contaba hasta diez y yo me escondía. Era divertido ver como me buscaba entre risas sin encontrarme y al pasar al lado de un árbol salía yo y le daba un susto. Nos reíamos hasta caer al suelo. Volvíamos a casa manchados de tierra y nuestra madre nos regañaba por tener que lavar a diario nuestras ropas, sin embargo siempre nos demostraba su devoción por nosotros y nos ofrecía exquisitos manjares. A menudo lloro de tristeza al recordar entre brumas aquellos días felices que se convirtieron en tragedia aquella noche en la que Sarah se adentró demasiado en el bosque. Era casi de noche, el primer día de la luna, y ya era tarde, pero no podíamos dejar de jugar. Esta vez me tocaba a mi buscarla a ella, pero se había escondido demasiado bien, llevaba buen rato buscándola y no la encontraba. Asustado corrí a buscar a mi padre. Éste salió con su escopeta a toda velocidad a buscarla mientras mi hermano y yo nos quedábamos con nuestra madre en casa.

-Cierra las puertas, gritó mi padre.

-¿Qué ocurre cariño?

-Los lobos,-gritó mi padre mientras se adentraba en el bosque,-los lobos.

Cada vez están más cerca, no se si resistirá la puerta principal, pero la de la habitación lo hará, espero. Me es imposible dormir, nunca lo hago. Ni siquiera cuando no hay luna, no, en esos días no vienen los aullantes no, pero vienen los otros, los que se lamentan. Los oigo en la madrugada, al pasar por delante de mi casa, y hasta puedo sentir un gélido frío que me congela por dentro incluso en las calurosas noches de verano. Son las almas de los condenados, de los muertos, de los que han perecido en la montaña, se pasean entre llantos, sollozos y lamentos en las noches sin luna, son las víctimas de los aullantes, algún día yo seré uno de ellos, y ese día no anda lejos.

Mi padre volvió a casa entre llantos, entre sus brazos llevaba el cuerpo de Sarah. Parecía muerta con una gran herida en su hombro izquierdo.

-Una bestia,-gimió entre sollozos mi padre-parecía un lobo pero era demasiado grande, una bestia del infierno, la estaba mordiendo, le disparé todo lo que tenía, y apenas le hice daño, la dejó en el suelo y salió corriendo en la oscuridad, creí que me iba a matar, y aún no se por qué no lo hizo.

Mi madre se deshacía en llantos y yo apenas podía reaccionar. No me podía creer lo sucedido y la pena se instalaba en mi corazón. Sarah abrió los ojos,

-rápido cariño, coge el coche – lloraba mi madre- aún vive, hemos de ir al hospital.

Por suerte Sarah sobrevivió, y en dos días estaba de nuevo en casa. Era un milagro que hubiese seguido viva, pero así era, sin embargo ella ya no era la misma, se pasaba el día en melancolía, con la mirada perdida y siempre dirigida al bosque.

-Hay que reforzar la casa,-proclamó mi padre- así que llamó a la ciudad y compró puertas nuevas, reforzadas, para la casa, para protegernos de las bestias, de los aullantes.

Han entrado, Dios mío, han roto la entrada principal y ya están dentro, les oigo subir hacia mi habitación, vienen a por mi, golpean la puerta, me desespero, tiemblo, no puedo moverme, me encuentro paralizado por el horror, la angustia, siento un nudo en la garganta que me impide respirar, mi cuerpo tiembla y mi temperatura es gélida. Golpean una y otra vez la puerta con la fiereza del infierno, están aquí , mi hora ha llegado. Siento el terror adueñándose de mi alma, de mi mente, la locura vuelve a mí de nuevo, están ahí, mas terroríficos que nunca, y no pararán hasta entrar y matarme.

Mi mente enloquece mientras mi cuerpo se derrumba al borde del colapso. Mi corazón late con la fuerza de un volcán como queriendo salirse de mi cuerpo, como queriéndome dar una muerte más rápida y menos dolorosa. Me acurruco en una esquina, temblando, mientras el infierno llama a mi puerta.

Sarah se fue recuperando poco a poco de sus heridas, menos de una, la de su alma. Era como si otra persona estuviera dentro de ella. Y llegó la siguiente luna. Yo dormía cuando un aullido me despertó,-han entrado-gritaba mi padre-han entrado, es imposible como lo han hecho. Su sorpresa aumentó al comprobar que la puerta y las ventanas permanecían intactas, pero ya era tarde, un grito escalofriante llegó desde arriba. Mi padre y yo subimos y la vimos allí, esa criatura, lo supimos en seguida, era Sarah. Se había convertido en una bestia inmensa, una especie de lobo infernal. Mi padre apuntó con su escopeta, pero no pudo disparar. El shock era demasiado grande, y la bestia lo aprovechó para arrancarle su cabeza. Jamás en mi vida ni en la de un millón de personas juntas se podría sentir todo el horror y el profundo miedo que sentí en ese momento. Mi queridísima hermana convertida en una bestia infernal, y mi familia, muerta, mi padre degollado, mi madre y mi hermano mutilados en la habitación, fueron los primeros en morir. La bestia me miró y pensé que era mi momento de morir, sus ojos rojos eran los ojos del haberno. El tiempo parecía no existir en ese momento, solo existía el terror y la muerte. La bestia me miró y por un momento creí ver la mirada triste de mi hermana, pero en seguida la furia volvió a ella y me atacó. Corrí como un poseso escalera abajo perseguido por la bestia, corrí hacia la puerta y sentí un golpe seco y duro en mi espalda, me desmayé. Al despertar la bestia se había ido, había escapado destrozando la puerta en su huida, pero yo seguía vivo, no se por qué, pero sabía que volvería, y así fue, durante largos y oscuros años todas las lunas ha vuelto, ella y los demás aullantes, haciéndome enloquecer día tras día, pero ya ha llegado el fin…

Ya están aquí, ya han entrado, han roto la puerta, son muchos, me miran con odio, me van a matar y está ella, Sarah, y rompo a llorar. Ha llegado el fin, y quizás sea mejor así, para siempre, no más sufrimiento, no más terror, no más angustia, quizás la muerte me de la paz por fin. Ella se acerca y me mira, pero ya no lo hace con odio, es su mirada, su triste mirada. Ella se da la vuelta, aúlla y los demás se van. Nos quedamos a solas, ella y yo, y ella, ella vuelve a ser ella, abandona su forma y vuelve a ser aquella niña que tanto quería.

-Sarah, puedo apenas balbucear entre un río de lágrimas,-eres tú. Ella llora también y se abraza a mí.

-Hermano, por fin te vuelvo a ver, te he echado tanto de menos.

-Hace ya tanto tiempo, nunca he dejado de pensar en ti, eres lo único que recuerdo de la infancia te quería tanto, te quiero tanto

-Y yo, pero hice algo terrible

-No eras tú, -le contesté secando sus lágrimas con mis manos- era la bestia ella te poseyó…

-No, fue culpa mía, la bestia era yo, y soy yo.-Me miró a los ojos y levemente sonrió, y por un segundo pude ver de nuevo a mi Sarah, y por un segundo casi fui feliz, pensé que todo podría volver a ser como antes, jugar en el bosque despreocupadamente, pero en seguida la tristeza volvió a su mirada y supe que algo horrible pronto sucedería.

-Tengo que decirte algo que llevo todos estos años intentando decirte, -tomó mi mano y me miró con la más inmensa pena y dolor con las que se pueda mirar- es sobre aquella noche.

-Lo se, fuiste tú, murieron todos, y se unieron a ellos, a los condenados, los oigo en las noches sin luna, se pasean por la montaña, y se acercan a la casa, se que nuestros padres y nuestro hermano están con ellos, y pronto tú me matarás y yo seré uno de ellos.

-Te equivocas-me replicó mientras me miraba con infinita tristeza- no te convertirás en uno de ellos… porque ya lo eres.-Sentí de repente como si mi corazón diese un salto inmenso dentro de mí, pero me di cuenta de que mi corazón no latía, y entendí que nunca lo había hecho en los últimos veinte años.

-He tratado de decírtelo todos estos años hermano, aquella noche cuando huías, te mate atacándote por detrás-rompió a llorar- estás muerto hermano, y tu lugar está con ellos, con los condenados.

En ese momento ella se desvaneció entre lágrimas ante mí, y todo desapareció, se hizo la oscuridad eterna, entre sonidos de aullidos y gritos de los muertos hasta que llegaron los días sin luna y me encontré de nuevo entre mi familia y muchos más, arrastrándonos en la noche, gimiendo, llorando, sufriendo la eterna condena de la maldición de la montaña y de la luna, sabiendo que jamás existirá descanso, que el sufrimiento será eterno. Cada vez somos más, y en las noches de luna permanecemos ocultos en la sombra mientras ellos se alimentan y asesinan víctimas de su propia maldición, y entre ellos está mi querida Sarah, condenada por toda la eternidad a ser una de ellos, de los aullantes...





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