Conociendo a Sherlock
Fecha Thursday, 04 December a las 00:24:30
Tema El Callejón del Escribano


Un solo estudiante había en la habitación, y estaba embebido en su trabajo, inclinado sobre una mesa apartada. Al ruido de nuestros pasos, se volvió a mirar y saltó en pie con una exclamación de placer:
- ¡Ya dí con ello, ya dí con ello! –gritó a Stamford, mi acompañante, y vino corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano-. Descubrí un reactivo que es precipitado por la hemoglobina y nada más que por la hemoglobina.
Los rasgos de su cara no habrían irradiado deleite más grande si hubiese descubierto una mina de oro.


- El doctor Watson, el señor Sherlock Holmes –dijo Stamford haciendo las presentaciones.
- ¿Cómo está usted? –dijo cordialmente, estrechando mi mano con una fuerza que yo habría estado lejos de suponerle. Por lo que veo, ha estado usted en Afganistán.
- ¿Cómo diablos lo sabe usted? –pregunté asombrado.
- No se preocupe –dijo él, riendo por lo bajo-. Me explicaré; este fue el curso de mis razonamientos: He aquí a un caballero que responde al tipo de hombre de Medicina, pero que tiene un aire marcial. Es, por consiguiente, un médico militar con toda evidencia. Acaba de llegar de países tropicales, porque su cara es de un fuerte color oscuro, color que no es el natural de su cutis, porque sus muñecas son blancas. Ha pasado por sufrimiento y enfermedad, como lo pregona su cara macilenta. Ha sufrido una herida en el brazo izquierdo. Lo mantiene rígido y de una manera forzada... ¿En qué país tropical ha podido un médico del Ejército inglés pasar por duros sufrimientos y resultar herido en un brazo? Evidentemente, en el Afganistán”.


De esta manera nace para el mundo literario una de las parejas más célebres de todos los tiempos: el Doctor Watson y Sherlock Holmes, y ya desde el momento de la presentación, Holmes asombra a Watson con una demostración de su ingenio y sentido de la observación.
Cuando sir Arthur Conan Doyle creó a su personaje no se podía ni imaginar la fama y la repercusión que éste iba a tener en el mundo. Sherlock Holmes, que en un principio iba a llamarse Sherrinford, estaba basado en un profesor de Doyle, el doctor Joseph Bell, profesor de la Facultad de Medicina de Edimburgo, y que deslumbraba a sus alumnos por su carácter observador y detallista.

A pesar de que Holmes es uno de los personajes más populares, es al mismo tiempo uno de los más desconocidos. La imagen típica que el público tiene de él es la del Sherlock vestido con su capa de Iverness, la gorra con orejeras, la pipa y la lente de aumento. Sin embargo, la gente poco más sabe de ese hombre de 190 cms. de altura, de ojos grises y penetrantes, nariz larga y aguileña, barbilla prominente y manos delicadas de tacto pero siempre con borrones de tinta y manchas de productos químicos. Lo que la gente no sabe es que Holmes era un hombre muy peculiar. Fumaba continuamente tabaco fuerte de hebra en su pipa ennegrecida, puros, cigarrillos, y todo lo que le echaran.
Entre 1881 y 1891, cuando no tenía ningún problema entre manos, se drogaba tres veces al día inyectándose una solución de cocaína al 7 %, con objeto de estimular su mente. Tenía unas costumbres tan raras como las de guardar los cigarros en el cubo del carbón, el tabaco de pipa en una zapatilla persa, o clavar la correspondencia con una navaja sobre la repisa de la chimenea.

Carecía de vida social, limitándose ésta al teatro o a la ópera, por lo que, cuando estaba particularmente aburrido, solía tumbarse en el sofá a tocar el violín, del cual era un virtuoso, aunque muy pocas veces interpretaba piezas enteras, sino tristes melodías o sucesiones de sonidos enlazados sin ninguna conexión; o se sentaba en un sillón con el revólver y un centenar de cartuchos Boxer y se lanzaba a la tarea de adornar la pared con unas patrióticas iniciales de V.R. (Victoria Regina), dibujadas con agujeros de bala.
Solía pasarse noches sin dormir, trabajando en malolientes experimentos de Química, y luego levantaba a Watson antes del amanecer para ponerse a trabajar en algún caso. Podía pasarse varios días hecho un ovillo en el sofá sin despegar los labios, concentrado en la resolución de algún problema; lanzarse a la más agotadora de las investigaciones y, mientras tanto, por ejemplo cuando viajaba, olvidarse por completo del caso y ponerse a hablar de cualquier asunto.
Había veces que no comía para tener alerta la mente. Otras se disfrazaba con objeto de frecuentar ambientes en los que podía encontrar alguna pista. Tal era su habilidad, que llegó a darle el pego en alguna ocasión al mismísimo Watson.

Holmes aborrecía el deporte en sí por ser una pérdida de tiempo, aunque tenía gran fuerza física y era un excelente esgrimista y boxeador, además de conocer la técnica de la lucha japonesa. Hablaba con rápidez y fluidez francés y alemán. Conocía todo sobre los venenos y el opio; distinguía de un golpe de vista las distintas clases de tierra. Tenía conocimientos profundos de Química, exactos de Anatomía, sobre leyes de Inglaterra y estaba al corriente de todos los crímenes cometidos en un siglo. Era un perfecto conocedor del entramado de calles de Londres. Sabía estudiar los distintos tipos de escritura y publicó varias monografías como “Sobre la distinción de las cenizas entre varios tabacos” o “De cómo conseguir huellas”.
Cuando estaba enfrascado en alguna investigación, llegaba hasta golpear cadáveres para ver qué clase de magullamientos se pueden producir después de la muerte del sujeto. Era de carácter misógino y reacio a hacer nuevas amistades, anque hubo una mujer por la cual sintió admiración: Irene Adler, que fue la única persona que logró desbaratar los planes mejor trazados de Sherlock Holmes. Al referirse a ella o a su foto (la cual conservaba), lo hacía llamándola La Mujer.

Watson, sin embargo, era un hombre normal, de la misma edad que Holmes y de complexión fuerte, pero que comparado con él, le hacía parecer un hombre de pocas luces.
El único pariente conocido de Sherlock Holmes es su hermano Mycroft, siete años mayor que él. La mente de Mycroft era más aguda y deductiva que la de su hermano, pero carecía de la energía y vitalidad de aquél. Mycroft solía ir al Club Diógenes, fundado por él y donde ningún socio puede darse por enterado de la presencia de los otros: la conversación sólo está permitida en el Salón de los Extraños, donde se recibe a las visitas.
La otra persona equiparable en inteligencia y agudeza a Holmes fue el profesor Moriarty, el Napoleón del crimen. Era matemático y a los 21 años escribió un tratado sobre “El Teorema del Binomio” que fue una conmoción en el mundo científico. Poco más se sabe de él, salvo que era el cerebro del crimen en Londres. Este fue el enemigo de Holmes, hasta que éste acabó con aquél en “El Problema Final”.

Tan compleja era la personalidad de Holmes que ha traído más de un quebradero de cabeza. Primero a su autor y luego a las personas que, como William S. Baring-Gould, Trevor H. Hall, o Gavin Brend , han escrito biografía sobre Sherlock y se han dedicado a investigar para obtener más detalles. Sir Arthur Conan Doyle estaba tan harto, y odiaba tanto a su creación, que se decidió a acabar de una vez para siempre con él. Doyle estaba esclavizado y no podía seguir devanándose los sesos en busca de nuevos trucos e ideas con que nutrir la voraz personalidad de Holmes. La idea surgió un buen día de abril de 1893, cuando él y su esposa acababan de hacer una excursión por Suiza. La contemplación de la catarata de Reichenbach le había producido una profunda impresión. Quien se despeñase allí... Interrumpió la lectura de su libro, y allí mismo se puso a escribir a su madre: “Llevo mediada la última de las novelas de Holmes en la que este caballero desaparece para no volver nunca. ¡Me carga hasta su nombre!” Y allí en Reichenbach, Holmes acaba con Moriarty, pero a costa de su propia vida, cuando los dos luchando caen al fondo de la catarata. Un grito de indignación y repulsa se alzó en el ámbito de los admiradores de Sherlock Holmes. Tuvieron que pasar diez años para que su odio cediese. Así que, como Homes había muerto sin testigos de vista y su cadáver no fue encontrado, vuelve a reaparecer, con una muestra increíble de pericia por parte de Doyle. Al final, llegó a agradecer a su personaje su existencia, y le deparó un final feliz: Holmes se retiró a las Tierras Bajas de Sussex, donde se dedicó al estudio de la Apicultura hasta el final de sus días.

Sin embargo, sus biógrafos han intentado ver detalles que podrían deducirse de las costumbres de Holmes. Según ellos, la aversión hacia las mujeres de Sherlock y Mycroft, y el consumo de drogas del primero, se debería a que su padre asesinó a su madre cuando la sorprendió en adulterio, creando de esta manera en ellos un ferviente deseo de castigar a los criminales. Sobre Moriarty existen cientos de teorías, como la de que fue profesor de Matemáticas de Sherlock; que fue su hermano Mycroft; o que, y ésta es la más sorprendente, Moriarty fue una invención de Holmes para ocultar el deterioro físico y mental al que le había llevado su afición a la cocaína.
Pero sea como sea, lo que no está demostrado es que Sherlock Holmes fuera un personaje real, por lo que lo único que podemos saber es lo que encontramos en sus novelas. De todos modos, en la mente de todos sus admiradores, Sherlock Holmes y el Doctor Watson siguen en sus habitaciones del número 221B de Baker Street (una dirección inexistente), fumando sus pipas al calor de la chimenea, y recibiendo las visitas de todos aquellos que venían a consultar con él sus problemas. De este modo venimos a rendir honor a este personaje universal que en 1987 cumplió 100 años de existencia.





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