En mil pedazos
Fecha Tuesday, 24 December a las 01:41:25
Tema Terror y Microrelatos


"No puedo volver atrás. No puedo hacerlo". Eran palabras que con un espantoso eco aullaban en mi cabeza. Un sudor helado encendía mi odio hacia ese todo que estaba acabando conmigo. Sentía como un profundo vacío se iba llenando en mi interior, sentía como me alejaba de la vida de la que tantos deseos e ilusiones había invertido. Pero no podía volver, quizá lo deseaba, pero no podía.

A medida que me iba alejando, un sentimiento nacía dentro de mí. Pensaba que esa huida podía significar algo más, algo de lo que algún día pudiera arrepentirme, pero sin embargo, mi fortaleza tenía un límite, y esa noche se había traspasado con creces.

Los faros de los escasos coches que me adelantaban por aquella solitaria carretera, parecían flechas de luz que rozaban sin suerte mi decisivo avance. Con la mirada ausente, y la mente saturada de imágenes que habían impactado en mí minutos atrás, conducía torpemente casi sin poder ver a causa de las lágrimas que brotaban de mis ojos como yo nunca había conocido.

"¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!" Mi desesperada razón buscaba respuestas sin logro alguno. Aquello no era una escena más de dolor como las que había presenciado en los últimos días, no. Era algo más. Era la cruda realidad que se me había presentado después de casi dos años, de una sola vez. Una dura y difícil realidad que mi corazón no conseguía llegar a ser consciente de ella.

Extrañas formas, extrañas melodías me rodeaban y acompañaban en ese viaje sin retorno. Sabía que la próxima vez que pasara por allí, nada sería lo mismo. De repente, y sin saber por qué, empecé a recordar momentos en los que, como si se tratase de una vida anterior, parecían tan lejanos como las estrellas que me alumbraban aquella noche. Momentos que nunca olvidaría, pero que en ese momento lo único que creaban en mi era una sensación más angustiosa y triste si cabía.

Por unos instantes deseé la muerte. Fiel salida a todo aquello, torpe decisión sin esperanza. Sólo deseaba despertar de esa pesadilla. En verdad no reconocía lo real de aquella inesperada, cruel y triste situación. Intenté además buscar una razón, algo que me abriese los ojos y me mostrara el camino. Pero por más que lo intentaba, el dolor se hacía mucho mayor. No comprendía como por tercera vez una persona moría. Imaginé que no debía estar muerto, pues nadie muere tres veces. ¿O tal vez yo si? Sólo sentía como aquella vez todo era distinto, no había esperanza aparente. Todo estaba oscuro, empezando por mi espíritu.

Todo transcurría lento, tan lento como mis pensamientos, de forma contraria a mis sueños, los cuales se esfumaban de forma irremediable. Una tranquila noche de otoño servía de escenario para aquella obra sin telón. Me sentía engañado, pisado, robado, perdido, pero sobre todo, solo.

Abrí la puerta con decisión pero al mismo tiempo sigilosamente. Deseaba que hubiese alguien con quien compartir aquella terrible experiencia, pero no encontré a nadie. Entré en mi habitación, solté mi mochila sobre una silla y empecé a ordenar los apuntes de aquel día. Intentaba tener la mente en blanco. Intentaba de alguna extraña forma, hacer que aquella noche fuese tal y como todas las anteriores. Pero todos mis esfuerzos fueron en vano. Me senté sobre la cama mirando al suelo, imaginando cómo de solitaria iba a tratarme la noche.

Ausente y sin rostro, me quedé mirando aquella foto que tanto me gustaba. Apagué la luz y, a oscuras traté de encontrarla, queriendo ver más allá de lo que podía. Intenté relajarme inspirando profunda y rítmicamente, pero mi voluntad no fue suficiente para no remediar arrancar a llorar.

El amanecer nunca llegó.





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