El Vampiro
Fecha Wednesday, 23 October a las 02:40:05
Tema Terror y Microrelatos


La literatura, el cine e incluso la historia nos aterroriza desde hace tiempo con un ser nocturno, maléfico que se alimenta de nuestra sangre: el vampiro. Nunca he visto uno de esos imaginarios dráculas. Sin embargo, estoy completamente convencido de que existen.

Tengo 23 años y durante toda mi vida he estado amenazado por uno de ellos. No sabría explicar el horror que produce estar cara a cara con un vampiro. Los músculos se espesan, tus movimientos se han desesperadamente lentos y tu mente no puede funcionar, ahogada por el miedo.
Si a este paralizante terror unes el hecho de que el vampiro es tu propio padre, la angustia crece hasta límites casi inaguantables.

No. No estáis siendo víctimas de ninguna broma de mal gusto. Lo que a continuación voy a confesar es absolutamente verdadero.

Mi madre nació en Viareggio, un pequeño pueblo cercano a Pisa, en la región de La Toscana. Tuvo una infancia feliz, aunque no exenta de trabajo. La vida en aquellas montañas cercanas al mar era sana y, mi madre creció sin preocupaciones, convirtiéndose en una joven bella y de buenas intenciones. La suerte de obtener una pequeña herencia le permitió viajar a Florencia, donde estudió enfermería.
Allí conoció a Enrico Casartella, joven militar que, tras una breve estancia castrense en Somalia, volvió para casarse con ella.

Durante los años de matrimonio mi madre experimentó enormes cambios en su personalidad. Su habitual buen humor fue dando paso, paulatinamente, a un carácter oscuro, agrio... Los que hasta entonces la habían tratado fueron perdiendo contacto con ella y mi madre fue recogiéndose en sí misma, endureciendo poco a poco su vida y limitándola al estricto ámbito de la casa. Muchos achacaron estos cambios a la sobriedad y disciplina, casi militar, que Enrico había proporcionado a la existencia de mi madre.
Mientras ella iba palideciendo por momentos, Enrico Casartella, que de joven había sido enjuto de carnes y de apariencia débil, se transformaba día a día en un hombre fornido, altivo y orgulloso.

Hay muchos tipos de vampiros: El animal nocturno y bestial que devora a dentelladas la vida de caballos y ovejas. El vampiro señorial, que con aspecto aristocrático, muerde sigilosamente el blanco cuello de desvalidas jovencitas arropado en la noche por su larga capa...
Sin embargo, estos imaginarios seres palidecen de horror ante una criatura abominable y completamente maligna. Tan diabólica como el mismo Satán y tan aterradora como real.
¡Créanme!. Este vampiro existe. Es tan verdadero como el soleado día que lo envuelve. Es el Vampiro de la mente. Un hombre, como cualquiera de nosotros, que nos absorbe, nos extrae toda la vitalidad como un murciélago lo haría con un pollino. Mi padre era un Vampiro. Sorbió con paciencia cada gota de vida de mi madre para hacerse poderoso.


El Vampiro mental te chupa algo más imprescindible que la sangre. Te acosa, te acorrala día a día, te reduce y cuando no queda de ti sino un reducto de vida... te aniquila. Todos alguna vez nos hemos encontrado con un ser así. Alguien que nos anula totalmente y se vale de nosotros para fortalecerse... para hacerse inmortalmente poderoso.
Nada hacen contra él, la luz del día, los ajos o los crucifijos. A menudo son reconocidos cristianos o respetables señores de buenas costumbres. Pero, tras esa capa de normalidad, esconden un monstruo que no deja escapar la mínima oportunidad para desarmarte psicológicamente y hundirte en su provecho. Un monstruo más aterrador que los infernales lobos de Satanás. Un siervo del Mal que se engrandece con el espíritu de indefensos.

Enrico Casartella extrajo con delicada paciencia cada parte del ama de mi madre. La destruyó mental y físicamente. Tras diez años de matrimonio con el mismo Demonio, mi madre mostraba un aspecto francamente demacrado.
Muchos fueron los médicos que intentaron tratar aquel cáncer sin conseguirlo y, las últimas fuerzas que le quedaron, las empleó en traerme a este mundo.
Mi padre al fin obtuvo otra alma a la que someter en su provecho. Un hijo del que extraer más poder. Cuando la agotada vida de mi madre ya no le fue útil, exprimió los últimos restos de energía de aquella pobre mujer y los guardó en su negra alma.
La joven lozana y alegre que en otro tiempo fue mi madre, murió lentamente tres días después de mi nacimiento. No hubo dolores, no hubo espasmos ni agitación alguna. Un médico dijo entonces que se apagó como si una ligera brisa soplara sobre una tenue y quebradiza llama.

Mi infancia fue relativamente normal. Esto siempre me había sorprendido. Tuve juguetes, educación y en la mesa nunca faltó nada. Hasta hace unos meses no comprendía como ese monstruo dedicó aquellos años de su vida a hacerme feliz. Cuando salíamos a pasear por Florencia solía jugar conmigo y se mostraba satisfecho de verme crecer sano y fuerte. En casa siempre hubo una rígida disciplina, unas estrictas normas, a las que, por otra parte, una vez te acostumbrabas, la vida continuaba sin problemas.

Ahora, no obstante, lo veo todo claro: ¡me cebaba como a un cerdo!. Permitía que creciera, que madurara... esperando codiciosos sus frutos. Yo era para mi padre como el pavo al que se engorda para conseguir una suculenta cena...

Al cumplir 8 años me golpeó por primera vez. Aquella enorme mano surgió de la nada, no la vi venir y se plantó en mi cara dejándome paralizado. No fue un guantazo violento, pero me hizo comprender que las cosas deberían hacerse como mi padre ordenaba si quería evitar futuros encuentros con su firme brazo.
A partir de aquel día apenas volvió a tocarme. Cambió su táctica y adoptó un método más sibilino para chuparme la vida. Una tortura insoportable para cualquier ser humano y que él administraba en dosis perfectamente adecuadas en los momentos más difíciles.

Con 11 años tuve la mala fortuna de caer durante una carrera entre amigos y volví a casa con una brecha en la pierna. Mi padre, absorto en su trabajo, apenas si hizo caso a mis lloros. Supliqué que borrara aquel dolor. Se levantó y lanzó una mirada de hielo desde sus pequeños ojos.
Es una perdida de tiempo curarte esa pierna - me dijo -, volverás a jugar y caerás de nuevo. Esto no te servirá para aprender nada.
Bajé la cabeza y le rogué de nuevo que me ayudara. No volveré a caer, papá. Lo prometo.
Mi padre miró mi pierna y lentamente salió hacia la cocina. Cuando regresó, roció cruelmente de alcohol aquella herida. La cura me dolió más aún que la propia herida y no pude contener un grito de escozor.
Cuando terminó me miró fijamente y dijo: Espero que cumplas tus promesas.

Aquellas frases salieron de la garganta de mi padre con tal aterradora sonoridad que helaron mi sangre. No volví a la plaza a jugar nunca más. El manotazo recibido años atrás me había enseñado bien a no contrariar la voluntad de aquel demonio.

Poco a poco fui descubriendo la verdadera naturaleza del alma de Enrico Casartella, y viendo cada vez más claros sus perversos propósitos. Nació, lentamente, en mí la idea de matarlo antes de que acabara conmigo.

En este punto de la narración el lector seguramente esté lleno de dudas. Quizás piense usted que el monstruo soy yo por pensar tan malvadamente de mi padre. Al fin y al cabo me había dado una infancia feliz, una educación y apenas me había maltratado físicamente. El incidente de la herida en mi pierna no parece revestir tanta gravedad... el alcohol en una herida escuece y, un niño, puede confundir un necesario dolor en esa cura con la crueldad. Sin embargo, he de convencerles de lo contrario. No tengo palabras para describir los infinitos tormentos psíquicos a los que estuve expuesto por este Vampiro. Mi aspecto actual es quebradizo. La juventud sana en la que viví ha desaparecido como un espejismo. Vivo atormentado bajo el duro mandato de un sargento que guía mi vida a su antojo.

Este extraño relato de seres demoníacos y vampiros, puede llevarles a la conclusión de que estoy completamente loco. Mi idea de matar a Enrico Casartella, clavando una estaca en su sucio corazón, seguramente no les ayude a cambiar de opinión sobre mí.
Si supieran de qué forma ese asqueroso murciélago ha extraído la savia de mi cuerpo. Si pudieran imaginar solamente una parte de las terribles torturas a las que mi padre me sometió, quizás, solo quizás, podría sembrar en ustedes alguna duda sobre quién es el monstruo en esta historia.

A ustedes y solo a ustedes le corresponderá juzgar quien es el culpable. Quien el asesino y quien la víctima. Yo solo me limitaré a salvar mi vida de ese maldito vampiro...

Es medianoche. La habitación de mi padre está a tan solo unos metros de mí. Entraré decidido y atravesaré de parte a parte su cuerpo con esta liberadora madera. Por fin seré libre...

Relato de Francisco Javier Peláez Pérez





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