Las Pruebas de Dios
Fecha Monday, 21 October a las 02:58:22
Tema Terror y Microrelatos


"Y, respondiendo Satanás a Dios, dijo: ¿No le has cercado
alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene?.
Al trabajo de sus manos has dado bendición;
por tanto sus bienes han aumentado sobre la tierra.
Pero, extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás
si no blasfema contra ti en tu misma presencia"


Fue él. Estoy seguro. Nadie excepto ese sucio corazón podría haberme arrebatado toda mi vida.
La noche me atrapa y servirá de cálido manto a estas letras que ahora escribo. También me sentía a oscuras cuando Magdelaine murió. Ella me lo dio todo: dos hijos, una hija y cariño suficiente para llenar mi alma durante siglos. Ahora, sin embargo, mi espíritu está completamente vacío. La compra de aquella yerma tierra agotó además mis bolsillos. Viudo y arruinado, casi no tenía ánimos para continuar ni para comenzar nada.
El húmedo rocío de los años puebla ahora mis cabellos. No poseo ahora la fuerza de antaño, cuando podía incluso, dejarlo todo para recorrer los ríos en busca de oro.
Tuve mucha suerte en aquel tiempo. La mayoría de los buscadores terminaron con el rabo entre las piernas, sin nada que llevarse a la boca. Yo por el contrario, volví rico y prometido con la joven más bella que jamás ha dado la tierra. Magdelaine adoraba aquella granja. Se negó a dejar de trabajar, a pesar de que teníamos dinero suficiente para que otras personas se ocuparan de esas duras tareas. A ella le divertía.

Cuando murió Tommy ella se tornó gris. Apenas salió de aquella pequeña habitación en varios años. A veces la sorprendía llorando mucho tiempo después del accidente. Ella siempre se culpó y vivió corroída por el remordimiento.
Yo nunca dejé de ir a la Iglesia. Los domingos, puntual, me presentaba en ese estúpido lugar para oír las oscuras promesas que el reverendo hacía a las blancas almas. Mi vida era mucho mejor cuando andaba entre salvajes y bandidos, perdido en las montañas...
Maldito curita mentiroso. Siempre tenía palabras de consuelo para mí. Pero, poco a poco, iba descubriendo yo su podrido ser. Su negra e hipócrita alma. Ahora, atado y amordazado, no atormentará más mis oídos con su falso paraíso de dóciles cristianos.

Él fue, agorero de calamidades, quién nos trajo la fatal noticia: Clark había muerto en el frente. No culpé a la guerra. Tan solo tenía diecisiete años y nunca debía haber muerto, pero no fue la guerra quién lo asesinó.
De pequeño, disfrutaba enormemente pellizcando a los cerdos y atormentando a las gallinas. Corría torpemente detrás de aquellos animales, asustándolos de un lado para otro y yo reía mientras le observaba.
No pudimos enterrarlo. Su cuerpo quedó en zona enemiga donde, seguramente, aún continúe pudriéndose en una fosa común, junto a otros incontables jóvenes.

El reverendo dio, sin embargo, una misa por Clark. Yo no quería asistir, pero Magdelaine, cada vez más pálida, me rogó con lágrimas y yo accedí.
Ahora me arrepiento amargamente. En aquellos trágicos momentos, volvió a alentarnos con sermones y míticos edenes en los que Clark estaría ahora feliz. ¡Hipócrita!. Pude distinguir una leve sonrisa en su rechoncha cara. ¡Bien sabía que mi hijo estaba siendo devorado por miles de gusanos que le corroían las entrañas, al igual que me ocurría a mí al escucharle!.

Le hubiera partido en dos allí mismo, pero algo me contuvo...

Magdelaine estaba gélida y sudaba por todos los poros de su cuerpo. Me agarró fuertemente el brazo y cayó desplomada en el suelo de esta misma Iglesia.
Nada pudo hacer el doctor Jackson que se encontraba entre los presentes a la funesta ceremonia. Ha muerto, dijo intentando no cruzar su mirada con la mía.

Siempre me he considerado un hombre fuerte. He vivido en condiciones extremas sin que mi ánimo se alterara. Sin embargo, en esos momentos, todo se me nubló. Una descontrolada angustia aprisionó todo mi cuerpo ahogando mi garganta y dejándome sin aire. Cuando desperté, estaba tendido en mi cama y deseé con todas mis ansias que todo hubiera sido una pesadilla. A los pocos minutos llegué a comprender la situación en toda su intensidad y, entonces, lloré desconsoladamente durante varios días.
Desde entonces he vivido aislado. He procurado apartarme de todo y de todos. Así pude encontrar algo de paz. Pero, incluso de este modo, alejado de toda civilización, no pasó ni un solo día en el que no me atormentara la visión de ese maldito sacerdote de los infiernos, llevándose a todos mis seres queridos.
Durante cinco años he vivido en plena soledad. Nadie se atrevió a perturbar esta quietud forjada a base de las muertes de mis cercanos.
Mediante carta de mi hija pude conocer algunas noticias del exterior. La guerra había terminado. No me alegré. Todo lo que estaba más allá de mi arruinada granja había dejado de interesarme.
Durante cinco años viví tranquilo. Esta calmada existencia se ha roto hoy. Ese cura, como maldita ensoñación, visitó mi atormentada alma para enfurecerla más, para ver como estallaba de sufrimiento. Clara ha muerto durante el parto de su primer hijo. No volveré a ver a mi preciosa estrella. Tampoco tirarán de mis barbas, las pequeñas manos de mi nieto. Los dos se han ido hoy, dejando solamente un charco de sangre en el suelo y un agujero de odio en mi corazón.

Ahora estoy aquí. En tu casa. Con tu siervo amarrado de manos y pies. El que siempre mentía diciendo que me ponías a prueba, como a Job, para recompensarme inmensamente después.
Alguien dijo una vez que ningún padre debería sobrevivir a sus hijos. Yo no deseo más tus sufrimientos. Dolores repartidos con desprecio hacia los que nunca te hicieron mal.
Ahora veo como tu sacerdote suda y patalea. No puede soltarse y se ve impotente. Una cerilla inundará de fuego este perverso edificio en unos instantes.
Ahora seré yo quien te castigue a ti. El curita intenta decirme algo. Le golpeo. Me acerco a él y le susurro al oído: Tu Dios te mintió... Job murió loco, como yo...


Relato de Francisco Javier Peláez Pérez.





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