Las tres letras
Fecha Saturday, 12 October a las 01:34:06
Tema Terror y Microrelatos


Era de noche. Mis padre y mis cinco hermanos dormían plácidamente en casa, o eso parecía al escuchar el coro de ronquidos, que desde la puerta del cuarto dónde dormíamos los ocho se podía escuchar. Era una noche fría, debían de ser.. las once o las once y media de la noche. Recuerdo aquella noche como una de las peores noches de mi vida, fue la noche en la que todo comenzó a terminar.

Me acuerdo de que tenía la boca reseca, y mi amable vecina siempre tenía un trago de aquel refrescante manjar que nunca me desveló de qué se trataba. Ese líquido verdoso hacía olvidar la sequedad de mi garganta por unas horas y me despertaba la mente, ya que a pesar de no saber el porqué era como una especie de droga que creaba adicción, quizás fuera eso, o quizás que la monotonía de mi ciudad se veía rota por ese magnífico manjar verdoso, y eso me fascinaba.

Antes de continuar me gustaría presentarme. Me llamo Abdulah, y tengo 18 años recién cumplidos. Como ya he dicho antes vivo con mis padres y mis 5 hermanos, 3 de ellos mujeres. También me gustaría decir, ya que me siento muy orgulloso de ello, que soy una de las pocas personas de mi barrio, situado a las afueras de Jalalabad, que conoce algo del alfabeto occidental, ya que tengo un gran interés por todo el mundo occidental así como por su religión, aquí terminantemente prohibida.

Después de degustar aquella soberbia bebida, de vuelta a casa ocurrió lo que jamás pensé que pudiera ocurrir. Todo era oscuridad, los doscientos cincuenta metros que separaban mi casa de la de mi vecina aproximadamente, se me hicieron eternos. A medio camino, comencé a escuchar un ensordecedor rugido del viento. Provenía del cielo, sin duda era un objeto volador, y volaba no muy alto. Atenazado por el pánico no pude dar ni un paso más que me aproximara a mi casa. En ese mismo momento alcé la vista y lo vi, claramente en la oscuridad, era un objeto volador sí, pero...no podía ser un avión, yo conocía los aviones que llegaban a la ciudad y éste, era mucho más pequeño y veloz que los afganos. Después de descartar la posibilidad de que fuera un avión que se dirigiera al aeropuerto de mi ciudad pensé en los extraterrestres.¡Sí! Todo encajaba perfectamente: era pequeño, rápido y desconocido para mí.

En ese mismo instante, una gran explosión hizo que mi corazón estuviera a punto de estallar. Miré horrorizado y pude observar que la casa de mi vecina, a escasos ciento cincuenta metros de mi posición y de dónde yo acababa de salir, quedó totalmente destruida. Sin pensarlo ni un segundo corrí lo más veloz que mis piernas me permitieron y me refugié en mi casa dónde ya mis padres y mis hermanos corrían y lloraban igualmente horrorizados.

Después de aquella interminable noche continuaron los ataques extraterrestres durante varios días. El día siguiente, mi último día, sería sin duda el peor de mis días.

A la hora de comer, y ya en la plaza del pueblo, advertimos que la gente de los otros barrios de Jalalabad había huido, pero nosotros, los pobres de la ciudad no podíamos abandonar nuestras casas ya que era lo único que teníamos. Nadie sabía a ciencia cierta qué es lo que estaba ocurriendo. Propuse a todos mi hipótesis sobre aquel ataque extraterrestre, la que por supuesto, fue rechazada tajantemente como posible motivo real de los ataques.

Por la noche, de camino a casa y después de hablar con mi novia, embarazada ya de ocho meses, los vi de nuevo."¡A mí no me engañáis!"Grité con todas mis fuerzas a esos inmundos seres de otro mundo. Entonces, y aparentemente en respuesta a mis injurias, mi casa desapareció tras un manotazo de las llamas del infierno.

En ese momento, un aparato volador bajó del cielo y se posó a unos cien metros. Tenía una especie de hélice y se apoyaba sobre unas minúsculas ruedas. Ese aparato infernal emitía un sonido ensordecedor y expulsaba un viento feroz que mordía a su paso por mi tez morena. Inconscientemente corrí hacia él para vengar la muerte de mi familia sin asimilar realmente lo ocurrido, y de su interior aparecieron como mensajeras del auténtico diablo las balas que acabarían con mi corta vida. Me atravesaron las piernas. Caí al suelo y sabedor de mi cercana muerte sólo pude recordar qué día era: 23 de octubre del año 2001. Finalmente antes de reunirme con mi familia, pude leer las tres letras que mostraba ese maldito pájaro asesino. Eran occidentales, la U, la S y la A.





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