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AQUELLA CASA AL LADO DEL CEMENTERIO

Terror y Microrelatos Anonimo escribió "No era una ciudad con mucho sitio donde elegir, te podías dar por afortunado si conseguías un apartamento de un par de habitaciones por menos de 1000 euros, así que aquella casa con patio incluido aunque era bastante vieja resultaba como oro caído del cielo. Solo un problema, era tétrica, realmente tétrica, vieja y destartalada además estaba al lado del cementerio. Un cementerio donde ya apenas había difuntos pues los habían trasladado a otro cementerio fuera de la ciudad, algo que algunos vecinos del lugar veían como un insulto a sus difuntos y como una traición a la memoria de las personas que decidieron ser enterradas allí

No era una ciudad con mucho sitio donde elegir, te podías dar por afortunado si conseguías un apartamento de un par de habitaciones por menos de 1000 euros, así que aquella casa con patio incluido aunque era bastante vieja resultaba como oro caído del cielo. Solo un problema, era tétrica, realmente tétrica, vieja y destartalada además estaba al lado del cementerio. Un cementerio donde ya apenas había difuntos pues los habían trasladado a otro cementerio fuera de la ciudad, algo que algunos vecinos del lugar veían como un insulto a sus difuntos y como una traición a la memoria de las personas que decidieron ser enterradas allí. De todas maneras aun quedaban varios panteones muy antiguos- el cementerio se fundó en el año 1800- y también muchas fosas comunes en lugares indeterminados del cementerio; de ahí que aun no se cerrase del todo. Los arqueólogos del ayuntamiento estaban intentando determinar donde estaban las fosas para poder proceder a la exhumación de los cadáveres allí enterrados y llevarlos al nuevo cementerio. Querían construir un parque en su lugar, curioso, un parque de esparcimiento y disfrute donde antes hubo un lugar de llanto y dolor.

Es estupenda la casa –dijo Santiago- el padre de familia. Su esposa asintió con la cabeza y su hijo pequeño no emitió palabra, pero la verdad, no le gustaba, le provocaba un estado de angustia y desasosiego el solo hecho de ver la casa. Realmente toda la familia sentía lo mismo solo que Santiago y Ana , su esposa, lo disimulaban. No quedaba otra, se podían dar por afortunados de haber conseguido esa casa. Después del inesperado traslado a otra ciudad al que habían sometido a Santiago uno de sus mayores temores era no encontrar vivienda o que esta se saliera de su presupuesto pero ahí la tenían, una casa enorme, eso sí al lado del cementerio.

Cuando entraron en la casa, olía agrio, a humedad, a sucio. Vaya limpieza tendremos que hacer –dijo Ana-, el chico por fin abrió la boca, -mamá, ¿no te da miedo esta casa?, -¿miedo de que?, solo es una casa antigua Damián, con una buena limpieza y una mano de pintura verás que bien queda.
A pesar de que la vivienda estaba rodeada de edificios nuevos en ella era como si el tiempo se hubiera detenido, era una casa de aproximadamente finales del siglo XIX o principios del XX, construida por los primero moradores de esa zona de la ciudad. Seguramente serían pescadores, pues la casa estaba frente al cementerio y este frente a la playa. Antes toda esa parte de la ciudad estaba solo habitada por pescadores o agricultores o simplemente por gente “rara” que huía de la ciudad o incluso podríamos decir que se escondía de ella. Los terrenos sobraban, escogías una buena parcela, un buen lugar y hacías tu casa, con tus propias manos. ¿Quién sabe de quien sería esa casa? ¿Quién sabe quien la construyo, en qué año y por qué? . Actualmente la casa pertenece a un señor que la heredó de sus padres ya fallecidos y precisamente enterrados justo en frente, este señor la puso en alquiler en una inmobiliaria, inmobiliaria con la cual contactaron Santiago y su familia antes de venir a vivir a Cádiz.

Después de 1 mes de intensa limpieza, la casa seguí profiriendo ese olor agrio que tanto la caracterizaba, algo extraño pues se veía tremendamente reluciente. Por las noches los ruidos, las corrientes el hedor agrio que se acentuaba cuando caía la noche no dejaban dormir ni a un solo miembro de la familia, que por cierto, ya empezaba a desesperarse.

Una tarde de sábado, el pequeño de la casa, llamado Damián jugaba en el patio, con un pequeño coche de juguete, intentaba concentrarse en el juego pero era algo difícil, la casa era más fuerte que sus ansias de jugar y atraía poderosamente su atención. Se sentía inquieto. De vez en cuando un leve escalofría acompañaba su respiración. Aun en pleno verano la casa era fría, y en el patio de la misma se formaba como una especie de corriente de aire que hacía aflorar viento gélido y extraño, un viento augurador de algo siniestro.

Un pequeño boquetito existía en el patio, al principio todos pensaron en lo más evidente, parecía que una de las lozas del patio se había roto, eran lozas muy antigua y como toda la casa inspiraban el sentimiento más tétrico que pueda tener el ser humano.
El chico con sus juegos empezó a escarbar en el boquetito, haciéndolo cada vez más grande, había conseguido abrirlo al menos un agujero de unos 6 centímetros, lo que en un principio parecía una loza lascada ahora se asemejaba a un boquete en pleno patio. Damián miró a través de el, solo se observaba oscuridad, se le ocurrió pegar su oreja a ver si oía algo, y esta acción que para el solo era parte del juego le hizo padecer uno de los sustos mayores que su corta vida la había proporcionado, al pegar la cabeza al agujero oyó una voz que venía del fondo, la voz decía: “¡no temas al segador!”. Corrió despavorido en busca de su madre para contarle lo sucedido.

Madre e hijo bajaron desde el primer piso donde había ido a buscarla este y donde se encontraba ella al patio interior de la casa, Damián aproximo a su madre justo delante del boquete que había hecho. ¡Pero que has hecho Damián! -Exclamó su madre al ver el agujero- has roto toda la loza, tendremos que pedir a papá que la tape. No mamá –respondió Damián- no es un simple agujero, se oyen voces; verás pega la oreja al suelo y podrás oír. La madre de Damián pegó la oreja al suelo, no se oía nada, pero un olor fétido salía del interior. Creo que has partido una tubería- dijo la madre al niño-, y continuo intentando oír algo; inexplicablemente su corazón empezó a acelerarse y casi por un impulso nervioso apartó su cabeza de la cercanía del boquete y ordenó a Damián subir y olvidarse del tema hasta que el padre tapara el boqueteo con cemento.

Por fin era fin de semana para Santiago, el padre. No trabajaba más que de lunes a viernes y los días libres los usaba para junto a su familia adecentar un poco la casa recién habitada por ellos. Ana, su esposa, le comentó lo del extraño boquete del patio con lo que Santiago aceptó echarle un vistazo. No solo era Damián quien estaba incómodo en la casa, todos los estaban aunque intentaran disimularlo. Los extraños ruidos de las noches no dejaban dormir al matrimonio, además parecían provenir de debajo del patio donde Damián con su inocente juego había escarbado.
Santiago se dispuso a arreglar ese boquete el cual aun ni siquiera sabía como era más que por la descripción que le hizo Gema – su esposa-. Hizo un poco de mezcla y se dirigió al lugar.

Cuando llegó enfrente del agujero, un súbito escalofrío recorrió todo su espalda. Aquello no parecía un simple roto de una loza. Se inclinó y pegó su ojo al boquete, solo apreciaba oscuridad aunque también le llegaba un olor a agua estancada. De inmediato y como poseso por una extraña fuerza empezó a agrandar el boquete primero con sus propias manos luego fue en busca de un martillo y empezó a martillar. Gema y Damián le miraban ensimismados a unos 3 metros. Después de poco más de 8 o 9 minutos Santiago había conseguido abrir una circunferencia de metro y medio aproximadamente y al final se podía observar agua, lo que yacía allí tapado bajo las lozas ¡era un pozo!.

Santiago, Ana y Damián permanecieron allí, inmóviles durante un largo rato, sin pronunciar palabra alguna, pensando todas las veces que habían pasado por encima pisando esas lozas, sin saber lo que se escondía abajo. Después de un largo tiempo sin moverse ni pronunciar palabra alguna, observando en lo que se había convertido ese pequeño boquete, Damián dijo: - mamá es de aquí debajo de donde viene el ruido, el padre, absorto también, recobró la compostura para responder: - bueno, tampoco pasa nada, es un antiguo pozo sellado, llamaremos a alguien para que lo vuelva a tapar o bien lo haré yo mismo.

Esa noche, el característico olor a agrio que inundaba la vivienda se había acentuado, todos sabían que aquella casa escondía algo maléfico, Santiago y Ana aquella noche hablaron también de mudarse a otra casa, fuera la que fuese, ya no querían estar allí ni un minuto más; algo extraño y terrorífico les inundaba, les asfixiaba y no les dejaba estar tranquilos, no sabían bien lo que era pero podían sentirlo perfectamente.

Eran las 3 de la madrugada, Ana, su esposa, parecía haber conseguido conciliar el sueño, el, ni siquiera había podido cerrar los ojos, ese agujero extraño, esa boca de pozo le desquiciaba. Agarró una linterna y se dirigió hacia el pozo. Era noche cerrada y en el patio de la casa al ser esta una casa antigua en un barrio antiguo y sin apenas vecinos, las luces de la calle que podrían iluminar algo la estancia eran inexistentes, la única luz en esos momentos nocturnos eran la de una pequeña bombilla que habían colocado en el patio ellos mismos y la de la linterna que portaba en esos momentos. Encendió la luz del patio y situado en frente del tétrico agujero encendió la linterna. Cuando se asomó al boquete una ráfaga de aire pestilente le abofeteó la cara, un miedo atroz se apoderó de el, miró hacia abajo con la linterna encendida, el corazón parecía iba a saltarle de la boca, gotas de sudor gélido brotaban de los poros de todo su cuerpo, al fondo, saliendo del agua unos 15 centímetros podía verse una calavera. Excitado, nervioso, empapado en sudor, mareado; no podía creer lo que estaba viendo. Pensó en despertar a su mujer para contárselo inmediatamente, posteriormente pensó que sería mejor esperar al amanecer pues no era necesario darle tremendo susto a estas horas de la noche, pero y el ¿qué haría? No podía volver a la cama fingiendo no haber visto lo que estaba ante sus narices. Dirigiendo de nuevo la luz de la linterna al fondo del pozo volvió de nuevo a presenciar tan terrorífica escena. A quién pertenecería ese esqueleto – se preguntaba-.

Con bastante dificultad fruto del nerviosismo, consiguió ponerse en pie. Las ideas le llegaban a borbotones, le abrumaban y bloqueaban, no sabía que hacer ni que pensar ni como actuar ante la situación que estaba viviendo. Se dirigió a la cocina para beber un poco de agua, mientras el agua caía llenando el vaso escuchó un golpe seguido de especies de rasguños y arena caer. El miedo se apoderó de todo su ser. Dejando el vaso a medio llenar en la cocina, dirigió sus pasos de nuevo al patio de la casa. El martillo que había llevado consigo y dejado justo al lado del pozo no estaba. De nuevo una gran amalgama de ideas le llegaron, se puso de rodillas para volver a mirar a aquella calavera, encendió la linterna para iluminar su visión, el esqueleto ya no estaba, no podía ver la calavera que hace unos minutos había visto. ¿Sería un simple sueño?, una simple visión, o tal vez no supo mirar bien – se preguntó-. Antes de poder dar respuesta a tantas preguntas, escucho como alguien se posicionaba detrás suya, es Ana –pensó-, de forma rápida se levantó y dio la vuelta para darle una explicación de que hacía en el patio a esas horas de la noche. Una vez dado la vuelta, un escalofrío atroz recorrió su columna vertebral, no era Ana sino un anciano vestido con ropas labriegas hecha harapos, con cara pálida y mueca de dolor que de un golpe de martillo le abrió la cabeza por completo para tirar después su cuerpo inerte al pozo.

A la mañana siguiente, Ana se despertó temprano. Marcaban las 7 en el reloj de la mesilla de noche. Casi instintivamente palpó la parte de la cama donde dormía siempre su marido, al comprobar que estaba vacía un repentino malestar sucumbió su cuerpo, sin saber por que supuso que algo malo había ocurrido.

Levantad ya de la cama corrió al cuarto de su hijo Damián, aun dormía, pero un rostro de intranquilidad en su cara hacía entender que no había pasado por un sueño placentero, más aun hacía pensar que algún tipo de extraña pesadilla le había rondado toda la noche. Pensó en despertarle pero en un repentino cambio de parecer, asumió que será más conveniente dejarlo dormir, era sábado, pleno verano y aun muy temprano. Ella fue directa a la cocina donde suponía se encontraría Santiago, vio un vaso de agua a medio beber, también observó salpicaduras de agua en el suelo que hacían intuir la precipitación o el nerviosismo con que se había llenado ese vaso.
Rápidamente se dirigió hacia el patio, en seguida, le llamó la atención el diámetro que había alcanzado el agujero y enseguida intuyó que su esposo había caído dentro, al mirar no podía distinguir bien lo que había en su interior, el día estaba nublado y había poca luz. En un barrido de mirada pudo percatarse de que la linterna no estaba lejos, se levantó del suelo y encaminó unos metros hacia el lado derecho del pozo donde estaba la linterna, volviendo de nuevo precipitadamente a la boca al hoyo encendió la linterna y pudo ver el cuerpo ensangrentado de su marido, la sangre que profusamente fluyó de su cabeza ya estaba seca y había adquirido cierto parecido al verdín. Un enorme alarido se escapó de su boca el cual inundó toda la casa de pánico y desesperación. Escuchó como alguien bajaba las escaleras y pensando que se trababa de su hijo Damián corrió a la desesperada a al vestíbulo donde daban a parar las mismas y el cual se comunicaba tanto con el patio como con el resto de habitaciones que había en la parte de debajo de la casa. De nuevo la misma extraña sensación que la poseyó cuando despertó se apoderó de ella al notar como el sonido de los pasos no correspondían con el sonido que tenía registrado en su memoria y que sintonizaban con las pisadas de su hijo.

Pudo comprobar con la cara desencajada como quien bajaba de la escalera no eran Damián sino un hombre muy mayor y con una imagen decrépita cuyas ropas estaban manchadas de sangre y restos de arena. Instintivamente la imagen le llevó a pensar en que la suerte del niño había corrido paralela a la del padre y subió las escaleras alocadamente provocando un inevitable encuentro de cara con el nefasto ser, que al verla aproximar levantó el martillo el cual portaba en una de sus manos y le asestó un fuerte golpe en la frente que le provocó una brecha más una tumefacción aun así y debido a la inercia de su cuerpo, el viejo cayó de espaldas permaneciendo sentado en las escaleras, con actitud impasible, como si actuase dirigido.

La mujer corrió tambaleándose y chocando con muebles y objetos hasta llegar a la habitación de su hijo, pudo comprobar que el niño no se encontraba en la cama, con gritos desesperados intentó recorrer el resto de la casa topándose de nuevo con el hombre en su intento desesperado de avanzar. Esta vez el viejo no intentó golpearla limitándose únicamente a contemplarla con unos ojos secos y enrojecidos.
Bajando las escaleras a grandes zancadas vio que Damián se encontraba en el patio. ¿Mamá que pasa? –pregunto- , tenemos que salir de la casa ahora mismo –comentó ella- agarrando la mano de su hijo y tirando fuerte de el dirección a la puerta de salida. Pero cuando llegaron a la puerta, comprobaron con pavor como esta se encontraba tapiada, ladrillos y cemente taponaban la entrada de la casa por completo. Estaban atrapados, en una casa que cuando más la observaban más se asemejaba a una casa en ruinas. El patio con la abertura del pozo abierta, las ventanas que solo daban al patio, la única puerta de salida tapiada hacía pensar que la casa había permanecido abandona por muchos años, y daba la sensación a los presentes de estar viviendo en una época muy antigua.

Al no poder abandonar la casa, madre e hijo corrieron a la cocina, ella abrió un cajón y cogió el cuchillo con el que solía limpiar el pescado, apenas lo había agarrado por el mango el viejo volvió a aparecer, esta vez a la entrada de la cocina. Sus pasos eran torpes no flexionando las rodillas al andar, la piel estaba seca así como los ojos que eran estáticos y no se movían y en la cabeza apenas tenía cabello. Ella sin pensarlo corrió hacia el hombre y le clavó el enorme cuchillo a mitad del tórax, el viejo no se inmutó a no ser por el impacto de ella que lo hizo desplazarse apenas unos centímetros atrás. Cuando sacó el cuchillo con intención de asestarle una segunda cuchillada pudo apreciar que no salía sangre de la herida sino simplemente unos polvillos asemejados salitre. Empujándole consiguió abrirse hueco para escapar a la parte más arriba de la casa con su hijo cogido de la mano, en mitad de la escalera sintió como el viejo subía los peldaños con una agilidad inusitada.

Estaban a punto de llegar cuando Damián cayó dándose un tremendo golpe en la boca y rompiéndose un diente, la sangra chorreaba con abundancia por su cara, justo cuando la madre lo iba a levantar el hombre viejo le agarró por su pequeño tobillo asestándole una cuchillada en el, el chico soltó un terrible alarido acompañado por otro grito de desesperación que dio su madre la cual no tuvo más remedio que soltarlo y dirigirse al cuarto de estar para agarrar algún objeto con el cual defenderte, tal vez una silla. Entrando en la salita, fue directa a una silla, la cogió y volvió a salir para situarse justo en frente de la escalera que subía y en cuyo tramo final había caído Damián. El espectáculo que pudo presenciar era dantesco, el viejo había degollado al niño y comía de su cuello abierto dando grandes mordidas. La madre presa de un ataque de histeria corrió hacia el viejo con intención de darle un silletazo, al recibir este el golpe cayó escaleras abajo rodando como si de un saco de viejo cojín se tratara para volver inmediatamente a emprender su subida de escaleras.

Ana cogió entre sus brazos a su hijo, estaba muerto, la cabeza casi seccionada del cuerpo y empapado en una sangre fría y cuajada. Soltando al chico, volvió a coger la silla y bajó la escalera para darse de frente con el viejo, de un terrible silletazo consiguió que uno de los brazos del viejo se descoyuntara, volvió a coger impulso para dar otro silletazo pero el viejo hundió su cuchillo entre las costillas de Ana, la cual calló desangrándose en pocos segundos.

UN MES MÁS TARDE

He llamado a la puerta más de mil veces –se quejaba Juan- el propietario de la casa y el cual la había alquilado a Santiago y su familia. El policía le contestó que tenía en su mano la orden del juez para proceder a entrar en la vivienda pero que esperase a que llegar el cerrajero.
Un hombre con prominente barriga y vestido con mono azul llegó al poco rato, con varias ganzúas y un trozo de plástico intentó abrir la puerta sin ningún éxito. Estupendo –dijo Juan- como se supone que voy a entrar ahora en mi casa y de una patada consiguió abrir la puerta. Bueno- todo solucionado- dijo el policía- debe usted firmar aquí y podrá entrar. Una vez firmado y perdida de vista la policía, Juan entró, nada más entrar se topó con el patio, todo parecía en orden, solo unas lozas del suelo parecían haberse levantado para después vueltas a poner, aun se notaba el cemento fresco.
Subió a la parte de arriba , lo revisó todo. No había restos de ropa, ni ningún signo de haber viviendo nadie en la casa, bajó las escaleras hacia la cocina, la cual se hallaba sin ningún resto de alimento ni nada que hiciera sospechar que estuviera viviendo nadie en la casa. Vaya –dijo Juan- se han dejado un vaso de agua a medio beber antes de marcharse. Cogió el vaso y lo derramó en el desagüe, cuando el agua caía sonó su teléfono móvil, contestó. Sí, sí dígame. Claro , la casa está libre cuando ustedes quieran pueden venir a verla y si os gusta en dos o tres días podéis mudaros. Menos mal- pensó Juan- que aquí las casas se alquilan pronto, que si no..., en fin ya son los cuartos que me desaparecen sin pagar el último mes y sin dar señales de vida. Que malo está el mundo-pensó Juan hablando en alto mientras cerraba la puerta de la casa y se iba-.
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por Kayla ([email protected]) el Wednesday, 23 May a las 10:12:00
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