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Alma ennegrecida de soñarte

Terror y Microrelatos Cartaginesa escribió "“Sentimiento exacerbado, tus muñecas son de nieve, hermosas aunque débiles”


ALMA ENNEGRECIDA DE SOÑARTE

“Sentimiento exacerbado, tus muñecas son de nieve, hermosas aunque débiles”

Ésta es la corta historia de un joven incipientemente bohemio que supo darse cuenta de la vaciedad que le dejaba en su pecho la contemplación. Aunque sus inquietudes literarias eran intensas, se limitaba a leer, haciendo escasas incursiones propias en la narrativa. Sabía que sus recursos expresivos eran defectuosos, y ello siempre detenía su deseo de escribir. Había visto y leído tantas historias distintas que se preguntaba si no estarían ya desarrolladas todas las argumentaciones. Quería rebelarse contra el espíritu inactivo, y hacer crecer nuevas historias de las ya asimiladas. Pero para que lo escrito tuviese verdadera fuerza, consideró que era preciso el mezclarlo con las propias vivencias. No estaba dispuesto a renunciar al apasionamiento y la locura. Sabía que debía luchar por apartarse de la expresión burguesa, excesivamente retórica, cursilona o medianamente infantil. Estaba pensando en dejar amplios márgenes de libertad escrita a su corriente de conciencia, pero bajo el consejo prudente de la incesante rectificación. Deseaba reflejar en narraciones cortas elementos mágicos, pero abruptamente cercenados por la percepción desengañada de la realidad. Cierto bichito irónico se paseaba por sus macabras idealizaciones. Los encuentros amorosos se le desvanecían en el halo trágico que deseaba conferir a casi todo.

Animado por todas estas iniciativas conceptuales, una tarde calurosa de principios del verano, el aprendiz de escritor inició un pequeño cuento, entre alegórico y desromantizado. Apenas llevaba escritas unas cuantas líneas que ya le fatigaban, cuando se quedó dormido, en posición poco ortodoxa, sobre un diván. Tuvo un sueño extraño del que tan sólo pudo recordar a un animado grupo, de fiesta, y en el que él se encontraba incluido, junto a una chica que desconocía. Ya despierto, el minúsculo escritor quiso reflejar en su historia, tenuemente, el sueño que había tenido. Brotaron entonces palabras cada vez más confusas que convertían su escrito en algo difícilmente inteligible. Él se sentía envuelto por sus dementes frases, deleitándose con ellas. Pero al repasar lo que llevaba escrito, no pudo sentir más que temor hacia sí mismo. Se disponía ya a romper las hojas que habían dado cobijo a sus maquinaciones y entelequias, pero se detuvo, apiadado del espíritu creativo y febril de la humanidad, en este caso penosamente representado por él. Y puso en práctica uno de sus primeros proyectos destinados a confundir lo vivido con lo literario.

Metió su narración, sin guardar copia de ella, en un sobre. Marchó a un parque no demasiado cercano a su casa con el sobre ceñido a la cintura, entre el pantalón y el vientre, bajo la camiseta. Por el camino sacó el sobre y se lo entregó a una jovencita, parecida en cierta medida a la de su olvidado sueño. No habló apenas con la muchacha, y siguió caminando hasta el parque, donde tiempo atrás, en una zona escondida, había enterrado a un pichón de vencejo. Sentado junto a la diminuta tumba, el neurótico escritor pensó en la chica, y se la imaginó leyendo su recién alumbrado cuento. Ello bastó para que se sintiese orgulloso por haber escrito algo. Pasadas algunas horas, regresó a casa, lamentándose de que no se viese, en el cielo negro, la luna. Tras la prosaica pero bendita cena, el escritor se durmió. Se levantó sudoroso de madrugada. Repasando las últimas imágenes de su sueño, comprobó defraudado que no aparecía la jovencita recientemente conocida, la cual le empezaba a obsesionar en exceso. Guiado por la intuición, la cual por cierto siempre le fallaba, se vistió, y fue al lugar donde había entregado el sobre a la damita. Todo estaba desierto y en silencio. Quiso gritar el nombre de la muchacha, pero no lo conocía. Permaneció allí hasta el amanecer, demudada la color, enjuto y triste el rostro. Entendió entonces que se había dejado arrastrar otra vez por la contemplación, que casi concebía como un espíritu hostil. Se propuso seguir escribiendo, pero de forma un tanto fragmentaria, y deshaciéndose de lo escrito. En estos pensamientos estaba sumido, quizás demasiado, cuando alguien tocó ligeramente, con su mano leve, su espalda. Era una joven distinta tanto a la soñada como a la que había entregado el relato, y que empezó a repetir algo de lo recogido en éste: “Tengo el alma ennegrecida de soñarte. Desfallecen mis palabras como si fuera la próxima noche la noche de mi muerte. Y ni siquiera tengo la certeza de si tras la muerte podré soñarte”.

Madrid, 8 de Julio de 1998"

 
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