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Kaos

Terror y Microrelatos tarod escribió "El sol radiante de la mañana le cegaba ocultando la cara de su enemigo. Los ciervos continuaban pastando los tiernos brotes de la llanura, ajenos a lo que estaba a punto de suceder. A lo lejos, en las montañas cercanas del sur, se oía el aullido de los lobos preludio de tempranas cacerías. Nada podía interponerse en la lucha prevista para esa mañana. El sitio elegido distaba unas cuantas millas de cualquier camino transitado, y la ciudad más próxima, Antares, se encontraba a treinta millas al Noreste. El riachuelo, alimentado por las lluvias primaverales, sorteaba sin problemas las afiladas rocas y su relajante sonido, evocaba otros tiempos en los que la paz dominaba el mundo.

Oroding, de espaldas al sol, vestía con la cómoda túnica que le diferenciaba como maestro del Kaos. El único emblema de su vestimenta distinto del negro, una estrella de siete puntas dorada, brillaba en su hombro izquierdo alimentada por los rayos del sol. Su pelo caía por la espalda en rubios torbellinos , y sus ojos negros y fríos, estaban fijos en su adversario. Estudiaba cada leve movimiento del caballero que tenía frente a él, con el afán de saber quién realizaría el primer ataque. Sin duda era un rival temible, con su armadura de escamas de dragón y su espada forjada en la Isla de Korth. Pero Oroding nunca había temido a nada ni a nadie. Se había enfrentado con rivales que podrían hacer sucumbir al más duro de los guerreros con un solo golpe. Y siempre salía victorioso. Su inimaginable poder y su abrumadora inteligencia y frialdad se terminaban imponiendo a la fuerza y la movilidad de sus enemigos.

Erik procedía de una importante familia de la zona sur. Apodados como Los Invencibles de Vega, tenían parentesco con la alta nobleza de la gran ciudad. Su padre, de aspecto imponente, le había enseñado pacientemente el manejo de las mejores armas desde temprana edad. De Anastasia había heredado la belleza con la que encandilaba a las muchachas de la corte. Siempre se sintió atraído por la dulzura y paciencia de su madre, que aguantaba todas las travesuras típicas en un niño sin preocupaciones. Pero no todo había sido felicidad en su vida. Su hermano mayor, el predilecto de su padre, sucumbió en la última gran batalla contra el Kaos. Y ahora, al fin, tenía delante de él al líder de la barbarie, al defensor del mal; aquel hombre al que odiaba desde aquel fatídico día. Al fin tendría la oportunidad de saciar su sed de venganza. Aquel era el día, no era válida la palabra rendición. Sólo la Gran Señora entre las señoras, la muerte, haría de testigo y juez.

La mano de Erik reposaba sobre el mango de su espada, perfectamente sujeta a su imponente vestimenta. Las nubes, quizás presagiando el fatal desenlace, se tornaban poco a poco de un negro amenazador. El silencio provocado por la huida de los animales de los alrededores, hacía aun si cabe más turbadora la escena. En unos minutos todo habría terminado y la normalidad se adueñaría otra vez del precioso paraje. La cara de Oroding desvelaba un amago de sonrisa de difícil explicación.
- Yo le borrare la sonrisa de la cara para siempre – se dijo a si mismo Erik – De una vez por todas el demonio probará mi acero.
Y en menos de un suspiro, la espada del caballero salió de su cama de metal con la dirección correcta para asestar un golpe mortal. Oroding, completamente relajado, se desvió de la trayectoria del arma golpeando a su rival en un costado. Erik ni siquiera sufrió amago de dolor, se giró ágilmente y atacó de nuevo al poderoso señor del Kaos.

Aunque la espada se movía con una velocidad endiablada no había manera de dar en el blanco. Oroding paraba cada golpe usando su querida Vara del Kaos. La Vara del Kaos se consideraba una leyenda para muchos. Tantas bocas habían hablado de ella, que parte de los grandes magos del planeta soñaban con poseerla. Se decía que sus poderes eran tales, que podía incluso resucitar a los muertos. Y el maestro del Kaos, como no podía ser de otra manera, la tenía en su poder.

El sudor recorría el rostro de Erik bañando la espesa barba del caballero. Todos sus intentos de acabar con su enemigo habían fracasado. ¿Qué podría hacer para terminar de una vez con su vida? Su mirada, siempre fija sobre Oroding, reflejaba el peso de la duda y el lógico cansancio de la lucha. Para Oroding, que siempre estudiaba todos los gestos de sus enemigos, era obvio que la victoria estaba en sus manos. Solamente debía asestar un único golpe y la Gran Señora se llevaría el alma de Erik.

Erik observó un cambio en la expresión del mago. El amago de sonrisa daba paso a una tremenda concentración alcanzada solamente por unos pocos elegidos. Empezaba a ver claro que nunca podría conseguir la anhelada venganza. Su padre estaría siempre avergonzado de él, y su hermano, donde quiera que estuviese, nunca se lo podría perdonar. Ahora, a las puertas de la muerte, se daba cuenta del tiempo derrochado aprendiendo junto a su padre el manejo de la espada. Ahora, justo en ese momento, sintió envidia de la gente corriente, aquella que disfrutaba del calor del hogar y de las travesuras de los niños. Ahora, Erik suplicó una segunda oportunidad.

Oroding levantó enérgicamente los brazos preparando el ataque. El cielo se tiñó del color de su capa lanzando luminosos rayos contra el suelo. La noche parecía apoderarse de aquella espléndida mañana primaveral. Incluso el suelo que pisaba el poderoso mago parecía volverse poco a poco negro.

- Ahora probarás el poder del Kaos – gritó Oroding – Nunca debiste subestimarme. Pagarás la osadía con tu vida. No creas que te odio, pero nunca aceptaría seguir siendo perseguido y acosado por alguien como tú. He pasado los últimos años huyendo de tu espada por el simple hecho de no sacrificar la vida de una persona en el fondo inocente. Pero mi paciencia se ha terminado y esta es tu recompensa.
Y de su boca empezaron a surgir las palabras que daban vida al más poderoso de los hechizos.
- Exum mort vi...

Erik escuchaba a Oroding sin esperanza alguna de salir con vida de aquel lugar. Las palabras del mago sonaban en su mente con tal fuerza que parecía que los oídos le iban a estallar. Hasta la negra figura parecía aumentar de tamaño. En un acto reflejo cerró los ojos cuando la palabra “exum” llegó alimentada por un poder sobrehumano. Y entonces recordó toda su vida. Los éxitos y los fracasos, los amigos y los enemigos, las risas y las lágrimas, los amores... Pero sobre todo su madre. Aquella persona en quien confiaba, a la que todo le contaba, la que sabía escuchar sus desdichas y quien le felicitaba por sus dichas. Ahora nunca más podría volver a verla. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, ahora tenía la sensación de estar flotando, sin duda debía estar muerto.

Abrió los ojos intentando descubrir el nuevo mundo en el que sin duda estaba. Pero no había nada de lo que había imaginado. Desde la altura en la que se encontraba pudo ver el cuerpo de Oroding tendido en el suelo. ¿Estaría muerto? Y si lo estaba, ¿qué había pasado?

En ese momento su mente se despejó del sobresalto sufrido y pudo ver claramente las garras del dragón más grande que sus ojos habían visto."

 
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